REFLEXIONES SOBRE LAS BIENAVENTURANZAS (2)

“Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo Bienaventurados los …” (Mateo 5:1-3).
 
Lectura: Mateo 5:1-12.
 
Hoy he seguido pensando en las personas que estaban sentadas alrededor de Jesús, escuchándole pronunciar lo que llamamos “Las bienaventuranzas”. Me ha llamado la atención que muchas de las cualidades que describía en las bienaventuranzas no eran necesariamente las que habríamos asociado con sus discípulos. Lo primero que me hizo pensar fue la referencia a los que trabajan por la paz. A Santiago y a Juan se los conocía como los “hijos del trueno”, un nombre que difícilmente nos hace pensar en personas pacificadoras. Tampoco habríamos imaginado a Simón el Zelote como alguien que trabajaba por la paz. ¿Y quién habría mirado a Mateo, un recaudador de impuestos, y habría visto a alguien de corazón limpio, alguien con hambre y sed de justicia? Probablemente, pocos. Sin embargo, él seguramente sabía muy bien lo que era recibir insultos y que dijeran toda clase de mal contra él. Algunas de las palabras de Jesús debieron de resonar profundamente en quienes le escuchaban.
 
También hubo momentos en los que los discípulos mostraron poco de aquella misericordia que Jesús describía. Cuando la gente le llevaba a niños, ellos intentaban impedir que se acercaran. Jesús tuvo que decirles que dejaran a los niños ir a él.
Pero me pregunto si, al pronunciar aquellas bendiciones, Jesús estaba viendo más allá de lo que eran en ese momento y contemplando lo que llegarían a ser. Eran personas en las que él todavía estaba obrando. Mateo había dejado su puesto de recaudador; su antigua profesión ya no lo definía. Y quizá Jesús ya podía ver cómo aquellos “hijos del trueno” aprenderían a llevar su paz a los demás. Conocía sus debilidades, pero también sabía lo que su gracia podía hacer en ellos.
 
Nosotros también somos personas en las que Dios sigue obrando. Recibimos sus palabras por fe, confiando en que el Señor puede completar la obra que ha comenzado en nosotros. La distancia entre lo que somos y lo que Él nos llama a ser puede parecernos enorme, pero no tenemos que recorrerla con nuestras propias fuerzas. Al pensar en la vida que aquellos discípulos llegaron a vivir, veo cómo esas cualidades fueron tomando forma en ellos. Las bendiciones de Jesús no eran palabras vacías. Mediante su obra paciente y transformadora, aquellas personas imperfectas se convirtieron en testigos fieles de su misericordia, de su justicia y de su paz. Suyo es, en verdad, el reino de los cielos. Son hijos de Dios.
 
Señor, gracias por estos hombres. Gracias por la obra que llevaste a cabo en ellos. Gracias porque un día los conoceremos. Qué honor será encontrarnos con ellos.
Te alabamos, Señor, porque has puesto tu tesoro en estas frágiles vasijas de barro que somos. Por tu gracia, nos conviertes en personas que nunca podríamos llegar a ser por nosotros mismos y nos haces partícipes de tus propósitos, algo que jamás podríamos merecer. Tú has comenzado esta obra y Tú la llevarás a término. Gracias, Señor Jesús. Amén.

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