“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que hemos se ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).
Lectura: 1 Juan 3:1-3.
El momento del encuentro con Cristo será transformador: “Seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. Le veremos cara a cara. Miraremos a estos ojos y sabremos que nos conoce hasta el fondo. Nos sentiremos aceptadas, comprendidas, amadas, y atesoradas. Él ha pasado todas las experiencias de nuestra vida juntamente con nosotras. Ha sufrido todas nuestras penas y llorado todas nuestras lágrimas. Ha disfrutado todos nuestros gozos, y celebrado todos nuestros triunfos. Esta experiencia de conocerlo como fuimos conocidas y sentirnos amadas como siempre hemos sido amadas, nos transformará. Jesús será nuestro eterno Amante: compartirá con nosotras su Reino y su Trono. Esta realización de que entonces estaremos totalmente realizadas nos dará la fuerza e inspiración ahora para serle fieles hasta el Día en que lo veamos. Esta es la esperanza que nos mantendrá puras. Nos levantará del polvo cada vez que desmayamos y nos purificará. ¿Qué esperanza podría superar la que tenemos en Cristo los que somos sus amados? Aquí podemos cantar dos estrofas del hermoso himno:
Amado con amor eterno,
por gracia puedo conocer
ese amor tan verdadero;
tu Espíritu me lo hizo ver.
¡Oh qué paz tan plena y perfecta!
¡Qué gozo tan celestial!
En este amor que nunca acaba,
Él es mío y soy de Él.
Suyo por siempre, solo suyo:
¿quién podrá separarnos ya?
¡Qué descanso tan glorioso
al corazón que ama Cristo da!
Cielo y tierra podrán desvanecerse,
Y apagarse la primera luz;
pero mientras Dios y yo existamos,
Yo soy suyo y Él es mío.
George Wade Robinson. 1838-77
Amado Padre, Dios todopoderoso y Rey del universo, gracias por estas palabras. Son bálsamo para el alma. Me sobrecoge, a la vista de quién eres, saber que nos has amado tanto que nos llamas hijos tuyos. No alcanzo a comprender tanta gracia, tanto amor. Gracias por tus palabras y por el inmenso ánimo que nos dan.
Padre, quiero ser como Jesús. Estas palabras de la carta de Juan me recuerdan a María Magdalena cuando vio a Jesús y lo reconoció por su voz. Todavía no sabemos cómo seremos, porque aún no se ha revelado, pero sabemos que seremos como Él. Quiero ser como Él. Ayúdame a purificarme y que tu Espíritu Santo lo obre en mi corazón. Creo que lo que más necesito es tu amor: conocerlo más profundamente para poder compartirlo más personalmente con los demás. En tu Palabra nos dices que pidamos lo que necesitemos. Por eso te pido un amor que impregne mi corazón hasta desbordarse. Que esta verdad, que soy hija del Dios Altísimo, se haga realidad en mi alma, en mi corazón, en mi mente y en cada fibra de mi ser. Ayúdame a creer en tus palabras más que en lo que ven mis ojos. Ayúdame a compartir esta verdad con los demás con poder. Ensancha mi corazón para amar a otros como Tú me has amado, aunque solo alcance a reflejar una pequeña parte del amor que me has mostrado. En el nombre de Jesús, amén.
[1] La oración sobre este texto fue escrita por Becky Cretney.
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