NUESTRA ESPERANZA CRISTIANA (1)

“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que hemos se ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).
 
Lectura: 1 Juan 3:1-3.
 
            Como creyentes en el Señor Jesucristo tenemos una esperanza que supera con creces cualquier ilusión que el mundo nos pueda ofrecer. Es una esperanza tan fuerte y poderosa que nos purifica (1 Juan 3:3). Orienta nuestra vida hacia esta finalidad incomparable. Cuando el Espíritu nos la hace viva, de repente las cosas de este mundo pierden su atracción. Ya no tenemos ningún deseo de divertirnos en desolación, en fiestas desorbitadas o en cosas inmorales, como lo hacen nuestros conocidos que no conocen al Señor. Viendo las cosas invisibles, todavía necesitamos comida, y dinero para comprarla, como los demás, pero no es nuestra meta en la vida. Comemos y disfrutamos de la comida, pero no vivimos para comer. Nos arreglamos, pero nuestra pasión en la vida no es lucir la moda, ni salir, ni viajar, ni explorar el Internet, ni siquiera es la familia, o lo hermoso de este mundo, sino que nuestro principal deseo es la anticipación de “Aquel Día”. Esto llena nuestra ilusión. Es nuestro consuelo en el duelo, nuestro ánimo en el cansancio, nuestro alivio en el desánimo, nuestra ilusión en días grises, nuestra fuerza en el trabajo, nuestra inspiración en la alabanza, el motivo de nuestro culto, el fuego de la devoción a Dios y el fundamento de la vida.
 
Esta visión cambiará nuestra perspectiva de la vida y de la muerte, y será la clave de nuestra gran esperanza. Vamos a morir como los demás mortales, pero, a diferencia de ellos, seremos resucitados para ser semejantes a Cristo. No sabemos exactamente como será nuestro cuerpo nuevo, pero el apóstol Juan nos dice que cuando veamos al Señor Jesús seremos transformados para ser semejantes a Él. Esta es nuestra gran esperanza. Y nos dice que “el que tiene esta esperanza se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1Juan 3:1-3).
 
Nuestra gran esperanza de cara al futuro procede del amor de nuestro Padre Dios, un amor espléndido y personal que nos ha incorporado en su familia, llamándonos sus hijos. Somos muchas cosas para Él. Nos llama las ovejas de su prado, por el tierno y constante cuidado que tiene para con nosotros, y también, incomprensiblemente, nos ha escogido para ser la esposa de su Hijo. Así somos nosotros, la Iglesia. Esto desafía nuestra imaginación. ¿Cómo podemos, mortales imperfectos y deficientes, ser aptos para unirnos con Cristo en sagrado matrimonio? Es como el casamiento entre una gata y un elefante, o como el cuento de la Cenicienta que se casa con el príncipe. En el cuento, ella sufre una transformación. Esto es precisamente lo que nos va a pasar a nosotros. El momento del encuentro con Cristo será transformador.
 
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