“Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo Bienaventurados los …” (Mateo 5:1-3).
Lectura: Mateo 5:1-12.
Estaba pensando en las personas a las que Jesús se dirigía: sus discípulos, que tendrían que afrontar tantas cosas por Él y gracias a cuya fidelidad el evangelio acabaría llegando hasta nosotros. A menudo asociamos la expansión del evangelio con Pablo, y con razón. Pero me imagino a Pedro y Andrés, a Santiago y Juan, a Felipe y Mateo reunidos alrededor de Jesús, escuchándole decir: «Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece». Quizá aún no comprendían del todo lo que les exigiría seguirlo, pero ya estaban recibiendo una promesa de bendición en medio de la persecución que los esperaba. Aquellas personas formarían la iglesia que Pablo perseguiría más adelante, y a la que después, por la gracia y la misericordia de Dios, acabaría uniéndose. Antes de que él fuera llamado a anunciar el evangelio, ellos ya estaban aprendiendo del Señor cuyo mensaje un día ayudarían a difundir.
Eran personas reales, cada una con su propia historia. A través de las páginas de la Biblia, hemos llegado a conocer algo de su carácter, de sus luchas y de su amor por Jesús. Y también hemos llegado a quererlas. Me preguntaba cómo habrían recibido aquellas palabras con las que Jesús los estaba preparando. Los llamaba a ser misericordiosos, les advertía de que serían perseguidos y les decía que los de corazón limpio verían a Dios. Sus palabras contenían tanto un llamamiento como una promesa. Los estaba preparando para lo que les esperaba, al tiempo que les aseguraba que su fidelidad no caería en el olvido.
Entonces empecé a imaginar cómo sería verlos en el cielo. Me los imaginaba entrando juntos, rodeados de la inmensa multitud: quienes habían escuchado su testimonio. Nosotros, aquellos por quienes habían dado la vida y quienes, generaciones después, hemos llegado a la fe porque el mensaje que ellos anunciaron siguió extendiéndose. Es una imagen profundamente conmovedora. No sé si un momento así se recibiría con un silencio sobrecogedor o con un gran estallido de aplausos. Pero me imagino a aquellos hombres que escucharon las promesas de Jesús y confiaron en él, y sé que su confianza no ha sido en vano. Cuánto les debemos. En última instancia, por supuesto, le debemos nuestra salvación a Dios. Pero estas fueron las personas que él escogió para llevar la buena noticia. Se entregaron a ese llamamiento, a costa de sus propias vidas, para que otros pudieran compartir la alegría de su salvación. Porque: “solo junto con nosotros alcanzarían la perfección”. Hay algo extraordinario en esa idea. Los propósitos de Dios abarcan todas las generaciones y reúnen a su pueblo en una sola familia.
Padre celestial, gracias por aquellos hombres a los que Jesús hablaba y a quienes hemos llegado a conocer y a querer a través de la Biblia. Gracias también por las mujeres que le siguieron, entre ellas María Magdalena, y por su amor, su valentía y su fiel testimonio. Gracias por las promesas que Jesús hizo a sus seguidores y por tu fidelidad al cumplirlas. En nuestro corazón, nos ponemos en pie y los aplaudimos. Honramos su fidelidad y te damos gracias por todo lo que hiciste en ellos y a través de ellos, y por la esperanza que su testimonio nos ha traído. Gracias, Señor Jesús. Amén.
[1] Escrito por Becky Cretney
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