DEVOCIONALES SOBRE JEREMÍAS (4)

“Si mal os parece servir a Jehová, escogeos a quién sirváis” (Josué 24:15).
 
Lectura: Josué 24:14, 15; 1 Samuel 7:3.
 
Y quizá lo más revelador sea preguntarnos: ¿con qué frecuencia queremos de verdad que nos lo muestre? Porque si Dios nos revelara algo en nuestra vida que necesita cambiar, quizá tendríamos que renunciar a algo a lo que le hemos cogido bastante cariño. Este es el terrible peligro de la apariencia de religiosidad. Podemos sentirnos tan cómodos con la apariencia externa del cristianismo que dejamos de reconocer hasta qué punto nuestros corazones se han alejado de Dios. Podemos convencernos de que nuestras actividades religiosas equivalen a obedecerle, mientras pasamos discretamente por alto las cosas que Él nos ha mandado hacer. Y quizá el mayor peligro sea que podemos llegar a considerarnos justos a nuestros propios ojos. Podemos conformarnos con cumplir determinadas normas, evitar ciertos pecados y mantener una imagen cristiana respetable, mientras descuidamos precisamente las cosas que Dios nos dice que son más importantes. Como expresó Miqueas, lo que Dios nos pide es que practiquemos la justicia, amemos la misericordia y caminemos humildemente con él.
 
Pero esas cosas no siempre son fáciles. Es mucho más cómodo seguir una serie de rutinas religiosas que permitir que Dios cuestione nuestro orgullo, nuestro egoísmo, nuestra falta de honestidad o nuestra resistencia a perdonar. Incluso podemos rodearnos de personas que nos tranquilizan diciéndonos que todo está bien, que nos dicen lo que queremos escuchar en lugar de lo que necesitamos oír. Y ese era precisamente el problema en tiempos de Jeremías. Había muchos profetas que prometían paz y aseguraban al pueblo que no tenía nada que temer. Jeremías, en cambio, les decía que sus prácticas religiosas no los protegerían si seguían rechazando a Dios. Su mensaje resultaba profundamente incómodo, porque no les estaba pidiendo que se volvieran un poco más religiosos. Les estaba diciendo que sus corazones necesitaban cambiar.
Y las consecuencias de negarse a escuchar ya no eran advertencias sobre un futuro lejano. Babilonia se acercaba, Jerusalén sería destruida y el pueblo sería llevado al cautiverio. Su elección de la segunda opción estaba a punto de convertirse en una realidad devastadora.
 
Y aun así, incluso entonces, el mensaje de Dios a través de Jeremías seguía siendo una invitación al arrepentimiento, a abandonar los ídolos y a volverse a Él de todo corazón. Lo que me impresiona de la historia de Israel es la extraordinaria paciencia de Dios. Desde Moisés hasta Josué, desde Samuel hasta Elías y finalmente hasta Jeremías, habían pasado cientos de años. Las circunstancias habían cambiado, los reinos habían surgido y caído, las generaciones se habían sucedido y Dios había demostrado repetidamente tanto su fidelidad como las consecuencias de rechazarle. Pero su invitación seguía siendo la misma. Opción 1: Vida. Abandonar nuestros ídolos, entregarnos por completo al Señor, buscar su rostro, obedecer sus mandamientos y servirle solo a Él. No una religión superficial que nos haga parecer respetables, sino una relación sincera y profunda con el Dios vivo.

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