DEVOCIONALES SOBRE JEREMÍAS (9)

“¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? (Jer 18:6).
 
Lecturas bíblicas: Jeremías 18:1-6; Jeremías 31:31-34.
 
Por eso Jesús dice: «Así que, si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres» (Juan 8:36). Pero ¿qué significa realmente vivir en esa libertad? Se nos han presentado dos opciones y, por medio de Jesús, Dios ha hecho posible que escojamos la vida. La primera opción no consiste simplemente en creer que Dios existe. Consiste en entregarnos completamente a Él, abandonar nuestros ídolos, obedecerle y servirle solo a él. Consiste en rendir nuestras ambiciones, nuestros deseos y nuestro propio ser ante aquel que nos creó, confiando en que sus caminos son mejores que los nuestros.
Jesús nos llama a negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz cada día y seguirle (Lucas 9:23). Pablo describe la vida cristiana como una vida en la que crucificamos nuestra naturaleza pecaminosa, con sus pasiones y deseos (Gálatas 5:24).
 
Y esa no es una invitación cómoda. Significa reconocer que nuestros instintos, deseos y ambiciones naturales no siempre son buenos consejeros, y escoger deliberadamente someterlos a Dios. Significa estar dispuestos a abandonar las cosas que sabemos que le desagradan, incluso cuando son cosas que disfrutamos, que valoramos o que el mundo considera perfectamente aceptables. Significa buscar sinceramente el rostro de Dios, pedirle que nos revele aquello que necesita cambiar en nosotros y, mediante el poder de su Espíritu, tener el valor de cambiar. Significa aprender a desear su aprobación más que la aprobación de los demás, incluso cuando seguirle nos hace impopulares, incomprendidos o rechazados. Y significa reconocer que la libertad que Jesús nos ofrece no es la libertad de hacer lo que nos apetezca, sino la libertad de convertirnos en aquello para lo que fuimos creados: personas que conocen a Dios, lo aman y encuentran su alegría en hacer su voluntad.
 
Hay algo más en todo esto que me conmueve profundamente. Gran parte de nuestro esfuerzo, incluso como cristianos, nace de nuestro deseo de ser aceptados. Queremos que los demás nos admiren, nos respeten, nos quieran y aprueben nuestras decisiones. A veces incluso nos acercamos a Dios de la misma manera, imaginando que, si conseguimos ser lo suficientemente buenos, orar lo suficiente, servir lo suficiente o portarnos lo suficientemente bien, quizá por fin estará satisfecho con nosotros.
Pero el evangelio pone esa manera de pensar completamente patas arriba.
En Jesús ya tenemos la aceptación que pasamos buena parte de nuestra vida intentando conseguir. No tenemos que alcanzar nuestra propia justicia antes de poder acercarnos a Dios. Cristo ha abierto el camino para que podamos entrar en su presencia, perdonados, reconciliados y amados. No intentamos ganarnos su amor mediante nuestra obediencia; aprendemos a obedecer porque ya hemos recibido su amor. Y eso lo cambia todo.
Cuando comprendemos la gracia que Dios nos ha mostrado, esa gracia también debería transformar nuestra manera de tratar a los demás. Nosotros, que hemos recibido tanto perdón, deberíamos estar dispuestos a perdonar. Nosotros, que hemos recibido misericordia, deberíamos mostrar misericordia. Nosotros, que hemos sido amados sin merecerlo, deberíamos aprender a amar a los demás incluso cuando nos decepcionan, nos hacen daño o no cumplen nuestras expectativas.

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