DEVOCIONALES SOBRE JEREMÍAS (7)

“¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? (Jer 18:6).
 
Lecturas bíblicas: Jeremías 18:1-6; Jeremías 31:31-34.
 
Y entonces llegó Babilonia. Jerusalén fue destruida, el templo fue incendiado y el pueblo fue llevado al exilio. El cautiverio fue real. Las consecuencias de sus decisiones fueron reales. Pero lo que me llama la atención es que el principio espiritual que hay detrás de esta terrible historia sigue siendo igual de relevante hoy. Porque nosotros también podemos acabar esclavizados por las mismas cosas que hemos escogido servir. Imaginamos que rechazar la autoridad de Dios nos dará libertad. Queremos vivir a nuestra manera, perseguir nuestras ambiciones, satisfacer nuestros deseos y no tener que rendir cuentas a nadie más que a nosotros mismos. Nos decimos que ser libres significa poder hacer lo que nos dé la gana.
 
Pero ¿es eso realmente la libertad? Pensemos en quien persigue el dinero, convencido de que una mayor riqueza le proporcionará seguridad y satisfacción, pero nunca parece tener suficiente. O en quien anhela el reconocimiento y el éxito, pero cuya felicidad depende por completo de lo que los demás piensen de él. O en alguien cuyo deseo de comodidad, placer o control se ha vuelto tan poderoso que ya no puede imaginar su vida sin ello. Podemos creer que tenemos estas cosas bajo control, pero poco a poco, casi sin darnos cuenta, son ellas las que empiezan a controlarnos a nosotros. Y quizá el mayor ídolo de todos seamos nosotros mismos. Nuestros deseos, nuestras ambiciones, nuestro orgullo, nuestra necesidad de tener razón, nuestra determinación de hacer las cosas a nuestra manera. Podemos llegar a estar tan centrados en servirnos a nosotros mismos que ni siquiera reconocemos la esclavitud en la que hemos caído.
 
Este es el terrible engaño de la segunda opción. Nos promete libertad, pero acaba conduciéndonos a la esclavitud. Nos promete satisfacción, pero siempre nos deja queriendo más. Nos promete una vida a nuestra medida, pero nos aleja de la verdadera fuente de la vida. Jesús lo entendía perfectamente. Dijo a quienes le escuchaban que todo el que peca es esclavo del pecado (Juan 8:34). Y creo que esta afirmación es mucho más desafiante de lo que a veces pensamos, porque nos dice que el pecado no es simplemente una colección de cosas malas que hacemos de vez en cuando. Es un poder que nos mantiene cautivos, que corrompe nuestros deseos, distorsiona nuestro juicio y nos separa del Dios que nos creó.
 
Y lo terrible es que no podemos liberarnos por nuestras propias fuerzas.
Podemos intentar ser mejores personas. Podemos seguir normas religiosas, asistir a la iglesia, dar generosamente y proponernos cambiar nuestra conducta. Pero ninguna de estas cosas puede, por sí sola, resolver el problema del pecado que llevamos en el corazón. El pueblo de los tiempos de Jeremías era la prueba viviente de ello. Tenían la ley, el templo, los sacrificios y las ceremonias religiosas, pero sus corazones seguían sin cambiar.

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