“¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? (Jer 18:6).
Lecturas bíblicas: Jeremías 18:1-6; Jeremías 31:31-34.
Para entrar en contexto, copiamos la última frase de ayer: Tenían la ley, el templo, los sacrificios y las ceremonias religiosas, pero sus corazones seguían sin cambiar. Y, sin embargo, incluso mientras Jeremías les advertía del juicio que se avecinaba, Dios le hizo una promesa extraordinaria. Le habló de un nuevo pacto.
Llegaría un tiempo en el que Dios escribiría su ley en el corazón de las personas, en el que le conocerían personalmente y en el que Él perdonaría su maldad y no volvería a acordarse de sus pecados (Jeremías 31:31-34).
Dios prometía hacer algo que su pueblo nunca había sido capaz de conseguir por sí mismo. Prometía transformarlos desde dentro. Y siglos después, llegó Jesús. Al comienzo de su ministerio, Jesús se levantó en la sinagoga de Nazaret y leyó un pasaje del profeta Isaías. Habló de haber sido ungido para anunciar buenas noticias a los pobres, proclamar libertad a los cautivos, dar vista a los ciegos y poner en libertad a los oprimidos. Y entonces anunció que aquellas palabras de la Escritura acababan de cumplirse delante de ellos. Jesús había venido a liberar a los cautivos.
No simplemente a ofrecernos un conjunto mejor de normas religiosas, ni a enseñarnos a convertirnos en personas más respetables, sino a romper el poder del pecado que nos mantiene esclavizados. Vino a liberarnos de la esclavitud al pecado y a nosotros mismos, de la tiranía de nuestros propios deseos, de esa búsqueda interminable de aprobación, éxito y satisfacción en cosas que jamás podrán llenarnos de verdad.
Vino a hacer posible que llegáramos a ser las personas que Dios había querido que fuéramos desde el principio.
Y, quizá lo más maravilloso de todo, vino a restaurar nuestra relación con Yahvé, el Dios vivo. Detengámonos a pensar en eso por un momento. El Dios que había rescatado a Israel de Egipto, que lo había guiado por el desierto, que le había entregado la Tierra Prometida y que durante cientos de años lo había llamado pacientemente a volver a Él, no había renunciado a su pueblo. Vino a encontrarse con él personalmente, en la persona de Jesucristo, ofreciéndole perdón, reconciliación y libertad.
¿Y cómo respondió la humanidad? De una manera muy parecida a como el pueblo había respondido a Jeremías. Lo rechazamos. Nos burlamos de él, lo despreciamos y nos negamos a escuchar lo que tenía que decirnos. No queríamos que nos confrontara con nuestro pecado, que nos dijera que necesitábamos arrepentirnos ni que nos recordara que éramos incapaces de salvarnos por nosotros mismos. Y finalmente, lo crucificamos.
Pero aquí encontramos la maravilla extraordinaria, casi incomprensible, del evangelio.
La misma muerte mediante la cual la humanidad rechazó a Jesús se convirtió en el medio por el que Dios rescató a la humanidad. Jesús asumió voluntariamente las consecuencias de nuestro pecado para que pudiéramos ser perdonados, reconciliados con Dios y liberados del poder del pecado. Las cadenas que jamás habríamos podido romper por nosotros mismos fueron rotas por él.
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