“Quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres” (Josué 24:14).
Lectura: Jeremías 7:1-15; Jeremías 18:1-6
Ayer recorrimos la historia de Israel, desde Moisés hasta Josué, Samuel y Elías, y descubrimos algo extraordinario. Durante cientos de años, Dios había presentado a su pueblo una y otra vez las mismas dos opciones. Opción 1: Vida. Entregarse por completo al Dios vivo, abandonar los ídolos, obedecerle y servirle solo a Él. Opción 2: Muerte y destrucción. Darle la espalda a Dios, seguir a otros dioses y sufrir las consecuencias. Y a pesar de todo lo que Dios había hecho por ellos, el pueblo escogió repetidamente la segunda opción.
Hoy avanzamos más de dos siglos desde los tiempos de Elías hasta llegar a Jeremías. Para entonces, la situación se ha vuelto desesperada. El pueblo de Dios ha ignorado sus advertencias una y otra vez, ha rechazado a sus mensajeros y ha seguido adorando a sus ídolos. Y, sin embargo, sigue considerándose el pueblo de Dios.
Tiene su templo, sus sacerdotes, sus sacrificios, sus ceremonias religiosas y sus tradiciones. Si sacáramos el reglamento religioso y fuéramos repasando los requisitos uno por uno, probablemente podrían marcar un número impresionante de casillas.
Aparentemente, estaban haciendo muchas cosas bien. Y había profetas de sobra asegurándoles que todo iba perfectamente. Al fin y al cabo, eran el pueblo elegido de Dios. Tenían el templo del Señor en Jerusalén. ¡Seguro que Dios nunca permitiría que les sucediera nada terrible!
Pero Dios envía a Jeremías con un mensaje muy diferente. Su religión se ha convertido en una fachada. Siguen observando sus costumbres religiosas mientras mienten, roban, cometen injusticias y adoran a otros dioses. Están tan convencidos de su propia justicia que parecen incapaces de reconocer hasta qué punto sus corazones se han alejado de Dios. Y aquí es donde el mensaje empieza a resultar especialmente incómodo para nosotros. Porque puede que no nos arrodillemos ante estatuas de Baal, pero tenemos ídolos de sobra. Y, al igual que el pueblo en tiempos de Jeremías, podemos llegar a ser muy buenos aparentando ser religiosos. Vamos a la iglesia los domingos. Asistimos a estudios bíblicos, colaboramos en actividades cristianas, damos a organizaciones benéficas y quizá conocemos bastante bien la Biblia. Creemos en Dios, nos llamamos cristianos y probablemente nos consideramos personas bastante buenas.
Pero ¿qué sucede durante el resto de la semana? Engañamos a los demás con medias verdades, o mentimos descaradamente cuando decir la verdad nos resulta inconveniente. Hacemos trampas cuando creemos que nadie nos ve, hablamos mal de otras personas o manipulamos las situaciones para conseguir lo que queremos. Perseguimos nuestra propia gloria, el poder y las riquezas, y a menudo nos importa más lo que los demás piensen de nosotros que lo que Dios piensa de nosotros. Apenas oramos, salvo cuando necesitamos algo. Hacemos nuestros planes, perseguimos nuestras ambiciones y seguimos nuestros deseos sin buscar sinceramente la voluntad de Dios. ¿Con qué frecuencia le preguntamos de verdad adónde quiere llevarnos, qué quiere que hagamos o si hay algo en nuestra vida que le desagrada?
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