DEVOCIONALES SOBRE JEREMÍAS (2)

“Si mal os parece servir a Jehová, escogeos a quién sirváis” (Josué 24:15).

Lectura: Josué 24:14, 15; 1 Samuel 7:3.

Josué deja muy clara su propia decisión: «Por mi parte, mi familia y yo serviremos al Señor». El pueblo promete hacer lo mismo. Pero basta con avanzar unas páginas para descubrir que no lo cumplen. El libro de los Jueces describe un ciclo terrible en el que los israelitas se apartan repetidamente de Dios, adoran a otros dioses, caen bajo la opresión de sus enemigos, claman pidiendo ayuda y son rescatados por la misericordia de Dios, solo para volver a apartarse de Él.

Y cuando aparece Samuel, ¿qué les dice? «Si desean volverse al Señor de todo corazón, desháganse de los dioses extranjeros […], comprométanse con el Señor y sírvanle solo a él» (1 Samuel 7:3). Ahí están nuestras dos opciones otra vez. Volver a Dios de todo corazón o seguir sirviendo a los ídolos y sufriendo las consecuencias.
El pueblo ya ha experimentado tanto la liberación que viene de Dios como la desgracia de apartarse de Él, y aun así necesita que le recuerden exactamente la misma elección.
Avanzamos otro par de siglos y nos encontramos con Elías en el monte Carmelo, frente al pueblo de Israel. Para entonces, el reino se ha dividido y el reino del norte ha adoptado el culto a Baal. Pero el pueblo no ha abandonado del todo la idea de pertenecer a Dios. Intenta compaginar las dos cosas.

Y Elías los confronta: «¿Hasta cuándo van a seguir indecisos? Si el Señor es Dios, síganlo; pero si Baal es Dios, síganlo a él» (1 Reyes 18:21). Opción 1: Seguir al Señor. Opción 2: Seguir a Baal. ¿Y cuál es la respuesta del pueblo? Silencio. No dicen nada. Ese silencio me parece muy revelador. Quizá no quieren tomar una decisión, porque decidir implica renunciar a algo. Quizá prefieren mantener abiertas todas sus opciones, disfrutar de los beneficios de pertenecer a Dios sin tener que renunciar a las cosas a las que se han aferrado. O quizá han llegado a considerarse justos a sus propios ojos, conformándose con cumplir determinadas prácticas religiosas externas mientras ignoran el verdadero corazón de la ley de Dios: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con su Dios, como les recordaría Miqueas más adelante. Quizá se han convencido de que cumplir ciertas normas es suficiente, de que su identidad religiosa justifica, de alguna manera, su falta de amor y obediencia sincera a Dios. Pero a Elías no le interesan sus credenciales religiosas. Lo que le importa es a quién sirven realmente.

Y creo que eso es precisamente lo que hace que este mensaje, repetido tantas veces, siga siendo tan desafiante. Desde Moisés hasta Josué, desde Samuel hasta Elías, las circunstancias han cambiado, han pasado generaciones y el pueblo ha experimentado tanto las extraordinarias bendiciones de la fidelidad de Dios como las terribles consecuencias de apartarse de Él. Sin embargo, la elección nunca ha cambiado.
Y Dios tampoco. Él sigue llamando a su pueblo a amarle de todo corazón, a dejar de lado sus ídolos y a seguirle fielmente. No a ofrecerle una pequeña parte de su vida, ni a intentar hacerle un hueco entre todas las demás cosas que han decidido adorar, sino a entregarle su corazón. Y quizá la pregunta de Elías sea una que también debamos hacernos nosotros. ¿Hasta cuándo vamos a seguir indecisos entre dos opciones?
Elige hoy a quién vas a servir.

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