DEVOCIONALES SOBRE JEREMÍAS (10)

“¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? (Jer 18:6).
 
Lecturas bíblicas: Jeremías 18:1-6; Jeremías 31:31-34.
 
Continuamos hablando de dar lo que hemos recibido. Nosotros, que hemos recibido misericordia, deberíamos mostrar misericordia. Nosotros, que hemos sido amados sin merecerlo, deberíamos aprender a amar a los demás incluso cuando nos decepcionan, nos hacen daño o no cumplen nuestras expectativas. Porque la libertad que Jesús nos concede no consiste únicamente en ser libres de algo. También consiste en ser libres para algo. Libres para amar a Dios de todo corazón, para servir a los demás sin buscar constantemente reconocimiento, para perdonar sin exigir nada a cambio, para vivir con integridad cuando nadie nos está mirando y para encontrar nuestra identidad, nuestra seguridad y nuestro propósito en Él, en lugar de buscarlos en las cosas de este mundo.
 
Y así volvemos a la pregunta que ha resonado a lo largo de los siglos.
Moisés se la planteó a una generación que se encontraba a las puertas de la Tierra Prometida. Josué la planteó después de que Dios hubiera dado la victoria a su pueblo. Samuel la planteó cuando el pueblo había vuelto a caer en la idolatría. Elías se la planteó a una nación que intentaba servir a dos señores. Y Jeremías suplicó a un pueblo que se encaminaba hacia la destrucción, pero se negaba a escuchar.
 
Opción 1: Vida. Entregarnos por completo a Dios, abandonar nuestros ídolos, crucificar nuestra naturaleza pecaminosa, buscar su rostro y seguir a Jesús cada día. No para intentar ganarnos el amor de Dios, sino como respuesta agradecida a la gracia que ya hemos recibido por medio de Cristo.
 
Opción 2: Muerte y destrucción. Seguir sirviendo a nuestros ídolos y a nosotros mismos, imaginando que somos libres mientras permanecemos esclavizados al pecado y rechazando, en última instancia, al único que puede darnos la vida. Y no hacer nada no nos libra de tener que decidir. Negarnos a escoger a Dios equivale a elegir continuar por el camino de la segunda opción. No hay una tercera vía. Dios ha puesto delante de nosotros la vida y la muerte, la libertad y la esclavitud. Nos ha mostrado las consecuencias de apartarnos de Él y, en Jesús, nos ha proporcionado el único camino de regreso.
 
La cuestión no es simplemente si creemos en Dios, si asistimos a la iglesia o si nos consideramos buenas personas. La cuestión es a quién servimos realmente, de quién buscamos la aprobación, qué voz obedecemos y a quién hemos entregado nuestra vida.
Y es una elección que debemos seguir haciendo día tras día, mientras hacemos morir los deseos de nuestra naturaleza pecaminosa y aprendemos a caminar guiados por el Espíritu. No porque nuestra salvación dependa de que consigamos ser lo suficientemente buenos, sino porque Jesús ya ha pagado el precio de nuestra libertad y nosotros ya no queremos vivir como esclavos. Así que la pregunta sigue ahí, tan urgente, y tan relevante como hace miles de años: Elige hoy a quién vas a servir.

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