UNA VIDA MODELADA POR LA GRACIA[1]

“Ayuden a los hermanos necesitados. Practiquen la hospitalidad. Bendigan a quienes los persigan; bendigan y no maldigan. Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran. Vivan en armonía los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben” (Romanos 12:13-16, NVI).

Lectura: Rom. 12:9-18.

Si de verdad tuviéramos que elegir, ¿a quién escogeríamos? ¿Escogeríamos relacionarnos con las personas con las que Jesús se relacionaba?: los pecadores, los recaudadores de impuestos y aquellos a quienes la sociedad marginaba. ¿O preferiríamos rodearnos de personas más o menos de nuestra misma posición social; con un nivel educativo parecido; personas con las que nos sentimos cómodos y que nos hacen sentir que encajamos en la sociedad? En su carta a los romanos, capítulo 12, Pablo nos propone una base distinta desde la que decidir cómo nos relacionamos con los demás. Nuestras decisiones no han de regirse por la posición social, la comodidad o lo que podamos obtener, sino por la gracia. Hemos recibido gracia y, por tanto, estamos llamados a ofrecerla, en especial a los que otros repudian y a nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

Esta gracia se traduce en acciones muy concretas. Significa ayudar a los necesitados, practicar la hospitalidad, bendecir a quienes nos persiguen, alegrarnos con los que están alegres y llorar con los que lloran. Significa abrir nuestro hogar y nuestro corazón, sabiendo que nos va a ocasionar molestias, decepciones y heridas. No es lo que la sociedad espera de nosotros y quizá ni siquiera lo entienda. Pero esa es la clase de persona en la que quiero convertirme.

Si aprendo a compartir con quienes sufren necesidad, mis posesiones comenzarán a parecerme menos importantes. Me fijaré en las necesidades de los demás en lugar de preocuparme solamente por las mías. Seré más libre. Si practico la hospitalidad, quizá mi casa esté más llena, pero también lo estará mi corazón. Conoceré a personas con las que, de otro modo, nunca me habría relacionado, y experimentaré la alegría de su compañía y de la comunión fraternal.

Si bendigo a quienes me persiguen, dejaré de necesitar aferrarme al rencor. La amargura tendrá menos espacio para echar raíces en mi vida.

Si me alegro con quienes están alegres, la envidia empezará a perder su dominio sobre mí. Podré celebrar las cosas buenas que Dios concede a otras personas. Así tendré muchas más razones para alegrarme que las que me proporcionan únicamente las bendiciones de mi propia vida.

Si lloro con los que lloran, entraré sinceramente en el dolor de los demás. Contribuiré a crear una comunidad en la que, cuando llegue mi propio tiempo de duelo, otros sepan también sentarse a mi lado.

Si vivo en armonía con los demás, no tendré que librar todas las batallas ni obsesionarme con determinar quién tiene razón y quién no. Mientras no estén en juego las verdades esenciales de nuestra fe, entre ellas el señorío de Jesús y su muerte y resurrección, puedo permitir que los desacuerdos menores sigan siendo eso: desacuerdos menores.

Si renuncio al orgullo y pienso más a menudo en los demás que en mí misma, mis propios problemas dejarán de ofuscar mi visión. Si estoy dispuesta a relacionarme con los humildes, estaré participando en la obra del Señor, porque eso fue precisamente lo que hizo Jesús.

Esta forma de vivir traerá dificultades, sin duda. Abrir nuestra vida a los demás nos expone a ser maltratados y a sufrir. Sin embargo, este es el camino de Jesús. También es el camino hacia una vida más libre, plena y gozosa. Aunque contempláramos estas instrucciones desde un punto de vista puramente egoísta, podríamos reconocer su sabiduría. Pero nuestra verdadera razón para vivir así no es el interés propio. Ofrecemos gracia porque primero hemos recibido gracia.

Padre celestial, perdóname, porque todavía no soy del todo esta persona. A veces tengo un concepto de mí misma más alto del que debería. Exagero mi propia sabiduría y creo que puedo hacerlo todo. Todavía no he aprendido plenamente a descansar en ti. No siempre sé alegrarme con generosidad por los logros de los demás, ni tengo siempre el corazón tan abierto como tú me llamas a tenerlo. Señor, haz una obra en mi corazón. Aunque ahora mismo haya formas de hospitalidad que no puedo ofrecer, ayúdame a centrarme en lo que sí puedo hacer, en vez de pensar en lo que no puedo hacer. Muéstrame cómo abrir mi corazón, compartir lo que tengo y hacer sitio en mi vida para los demás. Cámbiame por el poder de tu Espíritu Santo. Hazme alegre en la esperanza, amable, paciente en el sufrimiento y perseverante en la oración. Haz de mí una persona que ore por los demás, que se dé cuenta de sus necesidades y piense en sus problemas, en lugar de vivir absorta únicamente en los míos. Comienza esta obra en mí, Señor, y llévala a término, porque sé que Tú eres fiel. En el nombre de Jesús. Amén.


[1] Escrito por Beckney Cretney

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