“Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar el tercer día. Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca” (Mateo 16:21, 22).
Lectura: Mateo 16:21-24.
Lo que para nosotros parece pérdida o tragedia forma parte integral del propósito salvífico de Dios. Veamos. Jesús anunció a sus discípulos algo que les resultaba incomprensible y doloroso: iba a morir. Pedro no podía aceptarlo. Amaba a Jesús y no quería perderlo, porque estaba interpretando las palabras de Jesús desde una perspectiva humana. Jesús le dijo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mateo 16:23). Para Pedro, la muerte significaba fracaso y final. Sin embargo, Dios iba a usar la cruz para obrar nuestra salvación y para conducir a Jesús a la resurrección y a la gloria.
Esta enseñanza también nos enseña a mirar nuestras circunstancias desde la perspectiva de Dios, aunque no comprendamos lo que está sucediendo, sabiendo que la sabiduría de Dios supera la nuestra: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9). La cruz mostró que Dios puede obrar precisamente en aquello que nosotros consideramos una derrota. Cuando muere alguien que amamos, su muerte produce un dolor real que no debemos minimizar. Sin embargo, para quien pertenece a Cristo, la muerte no significa que Dios haya perdido el control, ni que la existencia termine.
Los discípulos no podían imaginar la vida sin la presencia física de Jesús. Él sabía que su partida les produciría tristeza, pero les prometió la presencia del Espíritu Santo. Jesús no los abandonaría. Aunque Él mismo ya no estaría físicamente delante de ellos, el Espíritu Santo habitaría en ellos. Los enseñaría, les recordaría las palabras de Jesús, los consolaría y los guiaría. Por eso Jesús dijo: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros” (Juan 16:7). Lo que los discípulos percibían como una pérdida formaba parte del plan de Dios para iniciar una etapa de comunión con ellos aún más profunda por medio del Espíritu Santo.
Cuando atravesamos situaciones que no entendemos, podemos llorar, sentir incertidumbre, tener muchas preguntas, pero a la vez confiamos en que Él ve más allá de nuestras limitaciones. Decimos al Señor: Padre, no entiendo lo que estás haciendo, pero confío en que Tú sí lo entiendes y estás obrando salvación por medio de esto. La muerte no tiene la última palabra. Cristo es la última Palabra.
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