“Y los hijos de los extranjeros que sigan a Jehová para servirle, y amen el nombre de Jehová para ser sus siervos; a todos los que guarden el día de reposo para no profanarlo, y abracen mi pacto, yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración… porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos” (Isaías 56:6, 7).
Lectura: Is. 56:6 y 7.
La casa de Dios es una casa de oración.
Orar no significa pedirle a Dios que haga esto o aquello: que sane a determinadas personas, que supla nuestras necesidades, que provea, que nos bendiga, que nos ayude, etc. Incluye todo esto, pero es mucho más. Orar es tener comunión con Dios. Significa abrirle de par en par nuestro corazón y recibir lo que Él tiene que decirnos acerca de aquello que estamos conversando o viviendo.
Es compartir nuestra situación con Él y atravesarla juntamente con Él. Es entrar en su comprensión de las cosas y en su manera de pensar. También significa recibir de Él fortaleza, ánimo, poder, gracia y gozo. Es experimentar una unidad con Él en el Espíritu Santo.
Nuestro cuerpo debe ser esa casa de oración. Tenemos al Espíritu Santo dentro de nosotros y disfrutamos de una comunión consciente con Él en nuestro corazón. Experimentamos su presencia, y recibimos la sensación de que Él ha compartido algo con nosotros, ha ampliado nuestra visión, se nos ha revelado y nos ha hecho pasar por determinadas experiencias para que podamos conocerlo y comprenderlo mejor.
Por tanto, la oración es la expresión audible de nuestra comunión con Dios.
Becky ha escrito:
“Porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos”.
Ese es el propósito de la iglesia: orar. No es sentarnos simplemente a escuchar un sermón. No es cantar. El acontecimiento principal es la oración. Porque la obra de Dios avanza por el poder de Dios, no por el poder de las personas, ni por su conocimiento. Por eso necesitamos dirección y poder, y esto lo obtenemos mediante la oración, no mediante un programa cuidadosamente organizado, ni mediante un buen sermón.
¿Y quién está invitado a orar? Todo el mundo. Todos podemos acercarnos a su trono de gracia y orar y ser aceptados por Dios debido al sacrificio de Jesús.
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