“Mas en la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo¡:Un fantasma! Y dieron voces de miedo” (Mateo 14:25, 26).
Lectura: Mateo 14:22-33.
¿Qué es esta cosa aterradora que me ha sucedido? Estoy asustado al verla acercarse cada vez más. ¿Qué va a hacer conmigo? ¿Me llevará al abismo? Tengo miedo.
Entonces escucho una voz familiar que llega hasta mí en medio de la oscuridad, por encima del ruido del viento: «Soy yo. No tengáis miedo». Viene hacia mí cabalgando sobre el viento y el tumulto. Pensé que aquellas aguas iban a acabar conmigo, pero no; son su carroza.
Digo: «Señor, ¿eres realmente tú? Pruébamelo haciendo que pueda superar esto y llegar hasta ti por medio de ello».
¡Y lo hace! Me da poder para sobreponerme al tumulto y llegar hasta Él. ¡Mira! ¡Lo estoy consiguiendo! Y mientras mantengo mis ojos puestos en Él, sigo por encima del tumulto. Esto es asombroso. ¡Estoy ya al alcance de su mano!
No mires a tu alrededor. No calcules la fuerza de la tormenta. No intentes averiguar nada. Simplemente, mantén tus ojos puestos en Jesús. Mira su calma. Observa su postura. Él domina todo aquello. Hay en Él una expresión de serenidad, competencia y autoridad.
Me mira con amor y me anima mientras sigo avanzando hacia Él, pensando: «Ella puede conseguirlo».
Oh Dios, líbrame de calcular nada. Tú calcularás cuánta fuerza me tienes que dar para mantenerme de pie andando hacia ti en la tormenta. Amén.
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