“Y saliendo a la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña, recibiréis lo que sea justo” (Mateo 20:6).
Lectura: Mateo 20:1-15, NTV.
Dios es el Viñador y está buscando a gente para trabajar en su viña, que es el mundo entero. Encuentra a personas que llevan todo el día en la plaza esperando que alguien los contrate, y nadie lo hace. Dios tiene compasión de ellos. Le apena que haya gente que no encuentre su lugar en Su Viña. No quiere que se frustren ni que sientan que no hay lugar para ellos. Él los valora y puede usarlos. Los invita a trabajar en la empresa más importante del mundo, el Reino de Dios. La paga es vida eterna. Pero no porque lo han ganado, sino porque Él es espléndido. Los que han trabajado más reciben el mismo sueldo que los que han trabajado menos, porque ¿cómo pueden trabajar para comprar algo que es de valor infinito? ¿Cuánto vas a dar para comprar la vida eterna? Pero algunos no lo entienden, y acusan a Dios de ser injusto: “Él respondió a uno de ellos: “Amigo, ¡no he sido injusto!” (Mat. 20:13, NTV).
¡Es asombroso que Dios tenga que decir eso de sí mismo para defenderse! ¡Cómo lo juzgamos! ¡Qué diferente es nuestra idea de lo que es justo de la suya! Todo lo que Dios hace es correcto, justo y misericordioso, independientemente de lo que nosotros pensemos al respecto. No somos los jueces de Dios. Dios tiene un sentido de la justicia que está mucho más allá de todo lo que nosotros podamos concebir. La pregunta no es: “¿Por qué ese hombre recibió lo mismo que yo?”, sino: “¿Por qué recibí yo algo en absoluto?”. Trabajamos para Dios unas pocas horas, o todo el día, y Él nos concede una eternidad en el cielo. ¿Qué es una eternidad comparada con una hora o con ocho horas? Seamos realistas. La generosidad de Dios es inconmensurable. Somos pecadores perdidos que no merecemos absolutamente nada y Él nos concede la vida eterna, una morada en el cielo y la justicia de Cristo. ¿Y todavía nos quejamos porque Dios se lo ha dado también a alguien que se salvó en el último momento? ¿De verdad creemos que merecemos algo? ¡Cuánto necesitamos comprender la incalculable generosidad de Dios! Debemos darle gracias, gracias y más gracias.
Otra cosa acerca de la generosidad es que sentimos celos de lo que Dios les da a otras personas en esta vida. Tenemos celos a causa de los dones que les concede, de los privilegios que les otorga, de sus hogares, de sus familias, de cualquier cosa buena que les suceda. Necesitamos reconocer que Dios puede ser generoso con quien Él quiera. Es prerrogativa suya. Y nosotros deberíamos aprender a alegrarnos por la buena fortuna de los demás. Y otra cosa que necesitamos aprender es ser generosas como nuestro Padre que está en los cielos lo es.
Becky ha escrito: “El estándar mínimo de Dios es justicia, y el máximo es la gracia que ha derramado sobre nosotros, salvándonos sin merecerlo”. ¡Alabemos la grandeza de su corazón!
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