LA PAGA DE DIOS

“Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña” (Mateo 20:1).

Lectura: Mateo 20:1-7.

Algunas personas se convierten de niños en herederas del cielo, otras cuando son jóvenes, y otras cuando son adultas. Con menos frecuencia, pero igualmente cierto, algunas personas se convierten cuando son ya ancianas, y otras no hasta que se encuentran en su lecho de muerte. Sin embargo, todas van al mismo cielo. ¡Esta es la paga que da el Amo de la viña! Dios es inmensamente generoso porque su corazón está lleno de amor. Él llama a las personas sin importar la edad que tengan. Cuando le dicen que sí y le abren el corazón, Él las limpia, las llena de su amor, y las incluye entre todos aquellos que poblarán su paraíso.

El cielo es el Paraíso, más hermoso que cualquier jardín. Por su colorido, variedad y hermosura se parece a un jardín botánico, porque Dios es el creador de toda la belleza y de toda la vegetación. El cielo también es una ciudad, más hermosa que cualquier ciudad de este mundo (París, por ejemplo) con un río en medio y hermosamente diseñada. El cielo también tiene un río que atraviesa el centro de la ciudad. Es como París elevado a la perfección. El cielo también es un parque de vida silvestre. Está más lleno de vida y de animales mansos que cualquier zoológico de este mundo. Es más fascinante que el zoológico de Chicago porque todos los animales son domesticados. Se nos dice que el león se acuesta junto al cordero. El pequeño cordero se acurruca junto al león, y ambos descansan en las verdes praderas del reino de Dios. Todos los animales son buenos y viven en paz los unos con los otros, y con los seres humanos.

No hay lugares feos. Todas las casas están bellamente diseñadas y son absolutamente perfectas, más originales que cualquier construcción de Frank Lloyd Wright. Son más acogedoras, cómodas y atractivas que cualquier vivienda que podamos imaginar. El trabajo en el cielo es gratificante. No estamos sentados sobre una nube, sino en una hermosa ciudad ajardinada y productiva donde trabajamos. Cada persona desempeña un trabajo que disfruta, que sabe hacer y para el cual está capacitada. Todos trabajan en algo que los hace felices.

¿Y qué se encuentra en el corazón de este bello lugar? ¿Qué es lo que lo mantiene todo unido? Es el Rey, cuyo nombre es Amor. Él demuestra su amor abriendo las manos, mostrando las marcas de los clavos de su pasión, diciendo: “Morí por todas estas personas para que pudieran ser limpiadas, purificadas y justificadas, hechas aptas para vivir en este paraíso maravilloso, en este jardín extraordinario, este lugar de trabajo productivo, que es una hermosa ciudad de justicia”. ¿Y qué sienten los ciudadanos del cielo? Aman a su Rey, y se aman los unos a los otros. Hay justicia y hay paz. Y todo esto continúa para siempre, porque allí no existe la muerte.

Esta es la esperanza de todos aquellos que han sido limpiados por la sangre de Cristo y constituidos herederos del Paraíso de Dios.

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