¿QUÉ DE LA PERSONA PERDONADA?

“Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado… Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:7, 9).

Lectura: 1 Juan 1:5-10.

            Como dijo Juan el Bautista, Jesús es el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). ¿Cómo lo quitó? Con su muerte cruenta en la Cruz, con el derramamiento de su sangre y la entrega de su espíritu. Pagó la ofensa que era nuestra, y nos dejó limpios y sin culpa delante de Dios con su muerte substitutiva. ¿A dónde lo llevó? ¿Dónde está nuestro pecado confesado? Muy buena pregunta, y respuesta que Dios quería que la tuviésemos clara. Lo llevó lejos para que desapareciese para siempre. Lo llevó a la no existencia. ¿Cómo quedamos? ¿Tachados para siempre? ¿Culpables hasta la muerte? En absoluto. Nos quedamos como si nunca hubiésemos pecado, pero aún mejor que esto. Como Cristo es nuestro substituto, no solo quedamos libres de todo pecado, nos quedamos con los méritos de Jesús, como si hubiésemos vivido su vida perfecta. Esta es la transacción que Cristo hizo por nosotros.

            Para entender mejor que el perdón de Dios hace desaparecer nuestro pecado, que ya no existe, el Señor instituyó el Día de Expiación como fiesta anual en Israel. Para gloriarnos en la capacidad de Dios de dejar las cosas claras en cuanto a lo que pasa con el pecado perdonado, lo ilustró con una obra de teatro. En ese día el sumo sacerdote presentaba dos machos cabríos delante de Dios mientras todo el pueblo miraba. Ponía sus manos en la cabeza del primero de ellos y confesaba el pecado del pueblo. Todos le escuchaban. Sabían que eran culpables delante de Dios. El pecado pasaba del sumo sacerdote que representaba al pueblo, a la víctima. Entonces degollaban a la cabra quien moría por el pecado del pueblo. Esta verdad quedaba clara delante de los ojos de todos. ¿Pero dónde se iba el pecado? Para ello se necesitaba el segundo macho cabrío. El sumo sacerdote ponía sus manos sobre su cabeza y confesaba el pecado del pueblo tal como lo había hecho con el primero. Después lo enviaba al desierto donde desaparecería para siempre para nunca más ser hallado. Con esto Israel entendía que el pecado confesado era pagado con la muerte de la primera víctima y hecho desaparecer con la desaparición de la segunda.

¿Por qué la necesidad de dos víctimas? Porque Jesús hizo las dos obras. Pagó por nuestro pecado y lo hizo desaparecer. ¡Evidentemente una sola cabra no podía hacer las dos cosas! Pero Jesús sí. Alabado sea su Nombre. Pagó el precio de nuestra maldad, y la hizo desaparecer para siempre. La reemplazó con su propia justicia. Esto es lo que llevamos nosotros, los que hemos sido perdonados, la justicia de Jesús como si nunca hubiésemos pecado. Así queda la persona cuyo pecado ha sido expiado por el Cordero de Dios.

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