“Así que los que ahora son últimos, ese día serán los primeros, y los primeros serán los últimos” (Mateo 20:16, NTV).
Lectura: Mateo 20:1-16.
¡Que sorpresa, el versículo que concluye la parábola de Jesús acerca de los trabajadores en el viñedo del Señor!: “Así que los últimos serán primeros, y los primeros, últimos”. La razón por la cual los primeros serán los últimos es que sentían envidia y nada de gratitud. Envidiaban la generosidad del Señor hacia los últimos quienes merecían muy poco, pues habían recibido un salario enorme a cambio de un mínimo de trabajo. Los últimos, por el contrario, estaban encantados. Estaban maravillados por la generosidad que el Señor había mostrado hacia ellos.
Esto nos revela algo muy profundo: lo que determina si seremos primeros o últimos es nuestra actitud ante la generosidad de Dios. Nunca lo había visto así. Si nuestra actitud es: “Dios ha sido incomprensiblemente generoso conmigo. No merezco lo que me ha dado. ¡Es increíble! No me lo puedo creer. ¿Por qué iba Dios a ser tan generoso conmigo? No he ganado todo lo que Dios me ha dado. ¡Estoy maravillada!”. Si esta es nuestra actitud, ¡estamos entre los primeros!
Los últimos contratados de la parábola pensarían así: “Esto es extraordinario. ¡No me puedo creer lo generoso que es! Yo estaba allí, sin nada que hacer, y él vino y se compadeció de mí y me contrató. Y ahora me ha dado mucho por el poco trabajo que hice. No puedo creer lo espléndido que es. ¡Es tan bondadoso! ¡Todo esto para mí! Ojalá pudiera trabajar para él todos los días. Voy a acudir cada día a la plaza, esperaré a que venga y pasaré el resto de mi vida trabajando para él. Nunca he conocido a alguien así”. Esa es la actitud de los últimos.
La actitud de los primeros, sin embargo, es muy distinta: “¿Por qué les ha dado a los últimos lo mismo que a nosotros? ¿Por qué fue generoso con ellos? ¿Qué han hecho para merecerlo? No me puedo creer la clase de persona que es este dueño. ¡No es nada justo! Si fuera justo, me pagaría mucho más que a ellos. Creía que era un buen hombre, pero me doy cuenta de que no es justo en absoluto. Y no pienso hablar con los últimos, porque me sacan de quicio. ¿Por qué tendrían que recibir tantas bendiciones mientras que a mí se me priva de la recompensa que merezco, solamente para poder dársela a personas como ellas? Sinceramente, nunca me he sentido tan profundamente ofendido. Estoy muy descontento con todo este asunto”.
Lo sorprendente es que estos quejicas ingratos también recibieron la recompensa, a pesar de su actitud tan desagradable. Recibieron lo que Dios les había prometido: ¡la vida eterna! Sin embargo, serán los últimos en el Reino de Dios. Se ve que en el reino hay personas que ocupan lugares más importantes que otras, y que reciben mejores posiciones, según la actitud de su corazón. Parece que quienes se sienten resentidos y descontentos son los que no ocuparán un lugar especialmente importante en el cielo.
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