«Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda… ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si noperdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mateo 18:26-35).
Lectura: Mateo 18: 23-35.
La historia que el Señor Jesús contó del hombre al que le fue perdonada una deuda astronómica habla profundamente acerca de cómo solemos pensar. Tendemos a pensar como este hombre a quien se le perdonó su deuda. Solemos creer que lo que necesitamos del Señor es paciencia para poder pagar lo que debemos.
Sinceramente, eso es lo que opino. Que cuando nos arrepentimos por primera vez, pensamos: «Oh, bueno, Dios me salvará y lo que necesito de Él es paciencia, y luego simplemente le pagaré». Y pagarle es lo que pensamos que necesitamos, porque creemos que necesitamos ser capaces de ganarnos nuestra salvación.
Realmente, lo que queremos no es que se nos perdone nuestra deuda, que es lo que le sucedió a este hombre. Porque si se nos perdonase la deuda totalmente, sin ninguna necesidad de pago, nos sentiríamos completamente humillados. No suficientes en nosotros mismos, que nunca podríamos ser capaces de pagarla nosotros mismos. Que, ni siquiera toda la eternidad sería suficiente para que fuésemos capaces de pagarle a Dios por todo lo que Él ha hecho. Lo cual es correcto.
Lo que necesitamos no es paciencia; lo que necesitamos es lo que obtuvo este hombre, que fue el perdón de su deuda. Y así nos acercamos a otras personas y pensamos: «Oh, bueno, lo que necesito es ser paciente, porque siendo así con esta persona, con el tiempo me pagará por todo el mal que me ha hecho. Y se me restituirá». Y pasan los años y la persona no te paga. O peor aún, hay momentos en los que simplemente queremos justicia. Se nos ha mostrado gracia, pero queremos justicia. Y queremos que Dios aniquile a la otra persona. Pensamos: “No son merecedores de su misericordia, y mucho menos de su gracia”. Pero es este pensamiento inicial el que nos confunde. Es el pensamiento de que alguna vez podríamos pagarla. Y lo cierto es que nunca podremos hacerlo.
Querido Señor, sálvame del pensamiento de que alguna vez podría pagarte por lo que has hecho. Señor, no hay manera, aunque tuviese toda la eternidad para poderlo hacer. De ninguna forma podría pagártelo. Tampoco hay necesidad de hacerlo, porque la deuda YA fue pagada. Porque Jesús YA la pagó. Y Él está ante el Padre, quien lo ve y sabe que la deuda YA fue satisfecha y que no queda nada pendiente. Y es Jesús quien nos exige ser tan generosos en perdonar a quienes no nos perdonan… a quienes nos lastiman. Y Señor, confieso que incluso aquí me quedo corta. Mi generosidad de espíritu no alcanza a perdonar a las personas una y otra y otra vez cuando sé que nunca pagarán. Te pido que cambies mi corazón y que me perdones incluso por eso. En el nombre de Jesús, amén”.
[¹] Escrito por Becky Cretney.
Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.