“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios” (Romanos 8:19).
Lectura: Rom. 8:17-21.
Todo el mundo, y aun la naturaleza, están esperando la revelación de quienes son los verdaderos hijos de Dios. Podemos pensar: “Oh, esto no es ningún misterio, es evidente. Los hijos de Dios son los miembros de las iglesias evangélicas”. Pero no es tan evidente. Los hijos de Dios son los que tienen la naturaleza de Dios, procedan de la iglesia que sea, e incluso de fuera de la iglesia. Solo Dios sabe quién realmente es hijo suyo. Reconoce Su propio carácter al verlo en alguien. Mira lo que dice Jesús: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace hacer llover sobre justos e injustos” (Mateo 544, 45). Los hijos de Dios son los que se le parecen en su forma de ser. Dios no reconoce como hijos a los que no tienen su temperamento, naturaleza y disposición.
Una persona vengativa, que critica y hace daño a otros, que rompe amistades, corta relaciones y aborrece a los que antes eran sus amigos no se parece a Dios. Dios es leal, constante, su amor no cambia, perdona, no guarda rencor, no abandona y no aborrece a los que antes amaba. Dios es Dios de reconciliación. Y si no es posible la reconciliación, al menos procura el bien de la persona y su arrepentimiento, y sigue amándolo. No se pasa de nadie, ni hace ver que no existe. Su amor espera mientras bendice a la persona y hace bien en las vidas a los que le han dado la espalda.
El texto continúa: “Porque se amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:46-48). La persona que no ama a sus enemigos no tiene la naturaleza de Dios. La persona que abandona a sus amigos, tampoco. Ni la tiene la persona que juzga y condena a otros. El Dia de Juicio no ha llegado todavía, además todo juicio ha sido encomendado al Hijo, no a nosotros. La persona que usurpa al lugar de Dios no lo tema. ¿Quiénes somos nosotros para declarar que una persona que ha confesado y rechazado su pecado no ha sido perdonada? Si realmente creemos que “la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7), no la rechazaremos, ni la mantendremos en cuarentena el resto de su vida, ni iremos hablando de aquello que Dios ha perdonado y olvidado, ni la perseguiremos a ella, ni a su familia, ni a sus amistados. ¿Qué espíritu es este? No es el Espíritu de nuestro Padre que está en los cielos. Su Espíritu es El que “perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, y que te corona de favores y misericordias” (Salmo 103:3, 4). Vamos a dar gracias a Dios por cómo nos ha tratado, y tratar a otros cómo hemos sido tratados. Entonces se verá que somos hijos de nuestro Padre que está en los cielos.
En el Día final los que actúan como Dios serán revelados cómo hijos suyos.
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