“¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? (Jer 18:6).
Lecturas bíblicas: Jeremías 18:1-6; Jeremías 31:31-34.
Durante los últimos días hemos reflexionado sobre los extraordinarios paralelismos entre los mensajes de Moisés, Josué, Samuel, Elías y Jeremías. Durante cientos de años, Dios llamó repetidamente a su pueblo a tomar la misma decisión.
Opción 1: Vida. Entregarse por completo a Dios, abandonar los ídolos, obedecerle y servirle solo a Él. Opción 2: Muerte y destrucción. Rechazar la autoridad de Dios, seguir a otros dioses y perseguir los deseos de nuestro propio corazón, con todas las consecuencias que eso conlleva.
Estas eran las opciones que tenía delante el pueblo de Israel, y son las mismas que se nos presentan hoy a nosotros. Pero hay otra posibilidad que quizá sea la más peligrosa de todas. Podemos elegir no hacer nada. Podemos escuchar las advertencias de Dios, reconocer que son ciertas, quizá sentirnos incómodos durante unos instantes y después continuar con nuestra vida como si no hubiera pasado nada. Nos decimos que nos tomaremos nuestra fe más en serio cuando estemos menos ocupados, cuando los niños sean mayores, cuando nos jubilemos o cuando hayamos resuelto aquello que nos esté absorbiendo en ese momento. Imaginamos que, al posponer la decisión, de alguna manera hemos evitado tener que tomarla. Pero no elegir también es una elección. No existe una tercera opción. Cuando nos negamos a entregar nuestra vida a Dios, en la práctica estamos escogiendo la segunda opción, tanto si queremos reconocerlo como si no. Y, como demuestra la historia de Israel, nuestras decisiones tienen consecuencias.
Para cuando Jeremías comenzó su ministerio, Dios llevaba generaciones advirtiendo a su pueblo. Había enviado un profeta tras otro, llamándolos al arrepentimiento y a volverse a Él. Pero el pueblo seguía adorando a sus ídolos, convencido de que podía disfrutar de los beneficios de pertenecer a Dios sin tener que someter realmente su vida a él. Por eso Jeremías fue enviado con un mensaje que necesitaban desesperadamente escuchar, pero que no querían oír bajo ningún concepto. Si continuaban por el camino que habían escogido, lo perderían todo. Babilonia atacaría Jerusalén, la ciudad sería destruida y sus habitantes serían llevados al cautiverio. La tierra que Dios les había entregado, aquella en la que sus antepasados se habían negado a entrar por falta de fe y que Josué había conquistado gracias al poder de Dios, les sería arrebatada.
Imaginemos por un momento la tragedia que eso suponía. Dios había sacado a sus antepasados de la esclavitud en Egipto y les había dado una tierra propia, un lugar donde podían vivir en libertad bajo su cuidado. Sin embargo, generación tras generación, habían dado la espalda precisamente al Dios que los había liberado. Y ahora iban camino de volver al cautiverio. Habían escogido la segunda opción, y las consecuencias se acercaban. Pero, en lugar de escuchar a Jeremías, el pueblo se burló de él. Lo persiguieron, lo encarcelaron e intentaron silenciarlo. Preferían a los profetas que les decían lo que querían oír, que les aseguraban que todo saldría bien y que Dios jamás permitiría la caída de Jerusalén. Y entonces llegó Babilonia.
Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.