“Os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (Leer Heb. 12:18-24).
Somos mucho más afortunados que los creyentes del viejo pacto. Ellos, al acercarse a la presencia de Dios, se acercaron a un lugar terrorífico, espeluznante, de sensaciones fuertes, de algo visible, audible y tocable: se veía el fuego, la oscuridad y la tempestad; se oía el sonido de la trompeta, y la voz de Dios, tan potente que los que laoyeron rogaron que no se les hablase más; se podía tocar el monte, donde estaba Dios, pero sólo tocarlo significaba la muerte. Estaban espantados. “Moisés dijo: Estoyespantado y temblando”. Esto es tener una fe visible, con emociones fuertes, lo que muchos en su ignorancia quieren hoy día.
En contraste, nosotros, los que somos del nuevo pacto por la fe en Jesús, nos acercamos a un lugar amable, lleno de paz y gloria, pero sin sensaciones de terror. Nos hemos acercado al Monte de Sion, a la Jerusalén celestial, a ángeles en ropa festiva, al Dios vivo, Juez de todos, a la asamblea de los empadronados en el Cielo, a los justos hechos ya perfectos, y a Jesús, el que estableció el nuevo pacto por su sangre. Esta es la compañía tan agradable a la cual nos hemos acercado por la fe en Cristo. No tenemos que desplazarnos a un lugar geográfico, -a este monte temible-, ni transportarnos al Cielo para tener contacto con Dios, porque el Cielo no es un lugar físico, situado a miles de años luz de nuestro planeta, sino una esfera espiritual, una realidad presente que nos rodea. Es como si la esfera de Dios fuese superpuesta encima de la realidad actual, cercana, asequible, esperando que entremos. “Os habéis acercado”.
Cuando oramos, podemos pensar o bien en un lugar muy lejos, si esto nos ayuda, -en Dios allá en el Cielo-, o, si preferimos, en un lugar cercano, en una realidad invisible, inaudible e intocable, en Dios más cerca que nuestras manos y pies, tan presente que nos envuelve. Pero faltan las sensaciones terribles, porque es un lugar de paz y bienestar, de profunda satisfacción interior, de luz invisible y de gozo palpable, a una voz amiga, un silbo delicado y apacible perceptible con los oídos del corazón.
Es una presencia llena de contenido: de Dios acompañado de miríadas de ángeles y de todos los santos de todos los tiempos, y allí está Jesús, el Mediador del nuevo pacto. Esta presencia acogedora nos rodea siempre, pero somos más conscientes de ella cuando nos disponemos a orar y entrar en ella deliberadamente. Así es la presencia de Dios: no está lejos, solo, en el Cielo, a años luz de nosotros, o en la oscuridad del Sinaí, sino en la intimidad del santuario espiritual, muy, muy cerca de nosotros.
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