VENID

“Venid a mí todos lo que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar” (Mat. 11:28).

“Dejar a los niños venir a mí” (Lu. 18:16).

“Acerquémonos, con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Heb. 10:22).

¿A quién hemos de ir? ¿Acerquémonos a quién? ¿Adónde? ¿A Jesús de Nazaret en Palestina? ¿Hemos de imaginarnos como si estuviésemos en aquel entonces como uno de la multitud o uno de los discípulos? ¿Nos hemos de ver en los campos de Palestina viniendo a Jesús? ¿O no es más bien al Jesús glorificado sentado sobre el trono a la diestra del Padre (Heb. 10:12) en los lugares celestiales como nuestro gran Sumo Sacerdote? Su ubicación ha cambiado, pero el mismo Jesús que invitaba entonces es el que nos invita ahora a acercarnos a Él.

Entramos en el santuario celestial (Heb. 10:19) para buscarlo. Seguimos caminando hacia Él (Heb. 10:22a), vestidos con el hermoso ropaje de su justicia (Heb. 10:22b) hasta llegar al trono de Dios, que es el trono de la gracia (Heb. 4:16), donde Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, está sentado (Heb. 4:15).

Él nos entiende y entiende nuestro sufrimiento, nuestras tentaciones y nuestra debilidad (Heb. 4:15). Nos recibe con gozo y nos da su misericordia y su gracia para ayudarnos en nuestra necesidad (Heb. 4:16). Estamos delante de Jesús de Nazaret, sentado en gloria, amándonos y entendiéndonos, dándonos la ayuda que necesitamos para seguir viviendo para Él aquí abajo. Es Él quien dice: “Venid”. Y venimos.

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