“Y puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho. Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay… Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra” (Hechos 4:23-29).
Fue un momento muy crítico. Las autoridades habían encarcelado a los apóstoles y los habían amenazado. “Les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús” (v. 18). Después de amenazarlos, los soltaron. Lo primero que nos llama la atención es que, en un momento de dificultad, fueron inmediatamente a los suyos. ¡Qué bueno es tener a un grupo de amigos para orar con ellos cuando todo se vuelve oscuro! Nada más oírlo, los amigos no se pusieron a decir: “¡Qué barbaridad! o ¡Qué horror!”; sino: “Soberano Señor…”. Tenían al Señor tan cerca que lo más natural en una emergencia era orar.
Lo segundo que vemos es que cuando oraron no fueron al grano para rogar que Dios les ayudase, sino que se pusieron a alabarlo, a reconocer su grandeza: “Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay”. Con esta visión de Dios, lo que les pasaba cobraba otra perspectiva. Si Dios puede crear el cielo y el mar, lo que me pase a mí no es nada difícil para que Él lo resuelva.
Lo tercero que vemos es que no pidieron que Dios quitase su problema, sino que les diera su gracia para superarlo. “Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra”. Y la respuesta de Dios fue inmediata: “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios”. Dios los llenó de sí mismo. Las circunstancias permanecían iguales, pero el problema estaba resuelto.
Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.