UNA ESTRECHA COLABORACIÓN

“Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil 2:12, 13).

Lectura: Filipenses 2:12-30.

Si Dios es el que pone el deseo y si Él es el que hace la obra, ¿por qué hemos de ocuparnos en nuestra salvación? ¿No está todo hecho, de todas formas?  Pues, no. Hay una magna obra de transformación que tenemos por delante. Hemos de cambiar nuestra manera de pensar, de vivir, nuestras metas en la vida, todo, para que estén conformes al modelo que tenemos en Jesús.

El párrafo empieza diciendo: “Por tanto, amados míos”. En el contexto vemos que el “por tanto” se refiere a la humildad de Jesús que Dios pretende obrar en nosotros, esta humildad en la cual nos desprendemos de nuestros proyectos y sólo deseamos hacer la voluntad de Dios y servir a otros como hizo Jesús. Es en esto que hemos de ocuparnos. Nuestra salvación, en este contexto, es ser como Jesús. Por una parte, hemos de ponernos manos a la obra. Tenemos que adiestrarnos en la humildad. Hemos de obedecer, como dice el apóstol Pablo: “Como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia…”. Esta es nuestra responsabilidad. Tenemos que llegar a ser “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa” (v. 15). Esta es la meta.

Y para lograrla, hemos de obedecer al Señor, pero a la vez es Dios el que en nosotros produce así el querer como el hacer”, o sea, el que pone el deseo en nuestro corazón de ser como Jesús es Dios y Él nos ayuda a hacer lo que hemos de hacer para que así sea. ¿Misterio? Sí, pero gloriosa verdad. Mientras cumplo con mi responsabilidad, Dios está obrando en mí, poniendo el deseo y el poder para hacer realidad la transformación a la imagen de su amado Hijo.

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