LA AUTORIDAD DE JESÚS

“Cuando vino al templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él mientras enseñaba, y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te dio esta autoridad?” Mateo 21:23).

Lectura: Mateo 21:23-27.

La gente creía que Juan el Bautista era un profeta porque conocía las circunstancias sobrenaturales de su nacimiento. Todos sabían que su madre había sido estéril y que ya era demasiado mayor para concebir, que su nacimiento había sido un milagro. También sabían que su padre había recibido la visita de un ángel cuando entró en el templo para ejercer su ministerio, mientras toda la multitud esperaba fuera a que cumpliera con su deber religioso. Como tardaba mucho en salir, comenzaron a preguntarse qué habría sucedido. Y cuando finalmente apareció, era incapaz de hablar. La gente comprendió que Dios estaba haciendo algo.

Zacarías permaneció sin poder hablar durante todo el embarazo de su esposa. Todos sabían que aquel embarazo era un milagro y que había ocurrido otro milagro cuando Zacarías recuperó el habla para decir que el niño se llamaría Juan, tal como el ángel le había indicado. Por eso, no fue ninguna sorpresa cuando Juan se retiró al desierto para pasar años buscando a Dios y, posteriormente, regresó lleno del poder del Espíritu Santo, predicando el arrepentimiento y anunciando que él era el precursor del Mesías.

Así que, cuando Juan presentó a Jesús diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», la gente tomó en serio sus palabras. Más adelante, cuando Jesús enseñaba en el templo, los escribas y los fariseos le preguntaron de dónde procedía su autoridad. Jesús hizo referencia a Juan el Bautista, a quien el pueblo reconocía como profeta, y preguntó a aquellos dirigentes religiosos de dónde procedía la autoridad de Juan. Evidentemente, Juan no había producido por sí mismo los milagros que habían tenido lugar en su familia, ni había provocado la visita del ángel. Su padre había profetizado acerca de su ministerio. Todo aquello era claramente obra de Dios. Los escribas y los fariseos conocían todos estos acontecimientos.

Por tanto, Jesús estaba diciendo, en realidad, que su autoridad procedía de la misma fuente que la autoridad de Juan el Bautista: de Dios mismo. Pero como ellos no estaban dispuestos a reconocer la autoridad que había detrás de Juan el Bautista, una autoridad que era evidentemente divina, tampoco reconocerían la autoridad divina que estaba detrás de Jesús. Por eso Jesús no les dio una respuesta explícita. Pero, en realidad, sí les respondió, aunque de manera implícita. No tiene sentido decirle algo a alguien que ya ha decidido que no lo va a creer. Así que Jesús los dejó en evidencia delante de todas las personas que estaban escuchando aquella conversación.

Dios no revela las verdades espirituales a los que no quieren saberlas, pero sí a los que tienen un corazón dispuesto a conocerlo.

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