EL QUERER Y HACER

“Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13).

Lectura: Fil. 2:8-15.

            El apóstol Pablo ha estado hablando a los filipenses acerca de la actitud que deben tener: la misma que tenía Jesús, una de obediencia y humildad. Con esta mentalidad vino Jesús al mundo, y con esta actitud murió, en obediencia al Padre. Y la respuesta del Padre fue levantarlo de entre los muertos y darle el nombre que ostenta más autoridad que ninguno en este universo. Él es Señor, para la gloria de Dios Padre. Y esto, ¿cómo nos ataña a nosotros? Que también seamos obedientes, en este caso, a las instrucciones del apóstol, y que nos ocupemos en nuestra salvación.

Nuestra salvación es un asunto acabado. Cristo hizo todo lo necesario para conseguirla. Ya la tenemos. ¿Esto significa que no queda nada que hacer para que seamos salvos? Sí. Somos eternamente salvos, pero queda mucho que hacer en cuanto al trabajo de nuestra parte, para completar la voluntad de Dios para nuestras vidas. Como personas salvas tenemos un ministerio que llevar a cabo. Es el ministerio que va de acuerdo con nuestros dones y habilidades, oportunidades y circunstancias, género, edad y salud. ¿Y cómo lo vamos a encontrar? El apóstol nos da la respuesta: “Es Dios el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”.

Esto es muy interesante. Dios no nos obliga a hacer un trabajo para Él en contra de nuestra voluntad, sino que trabaja en nosotros para que real y auténticamente tengamos el deseo de hacer precisamente lo que Él quiere que hagamos. Entonces, ¿estamos haciendo su voluntad o la nuestra? Las dos cosas. Sale de nosotros y sale de Él. No somos robots que hacemos la voluntad de Dios porque no tenemos otra opción; Dios no anula nuestra voluntad. Las dos cosas coinciden. Dios es capaz de hacer esto. Nos respeta como personas libres, y nos usa como sus siervos, como hizo con su amado Hijo.

Así que Dios nos da el deseo de hacer su voluntad, y nos capacita para hacerla. Y esta voluntad es buena.  Se llama “su buena voluntad”, no su mala voluntad. ¿Jesús quería hacer la voluntad de Dios que consistía en ir a la cruz? Sí. ¿Le apetecía? Sí y no. “Entonces dijo: He aquí que vengo, oh Dios para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí” (Heb. 10:7). “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Salmo 40:8). Pero en Getsemaní oró: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). Y así el Padre obró en Él para que desease e hiciese su voluntad. Y así glorificó al Padre, y el Padre lo glorificó a Él: “Para que toda lengua confiese, que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”. El apóstol empezó esta sección diciendo “Haya, pues en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús”. Y la concluye diciendo: “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”. Somos libres, y todo es de Dios, las dos cosas. Alabado sea.  

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