“Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne… mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” (Ef. 5:30-32).
¿Tienes una sensación muy profunda de no pertenecer, no encajar, de estar sin raíces, colgada? Tal vez tenga su origen en haber cambiado de casa como niña, o en haber cambiado de país, o de iglesia, o en no sentirte parte de tu familia, no ser conocida y amada y atesorada por los que tenías más cerca. Sea como fuese, el Espíritu Santo te fue dado para hacerte una con Jesús. Tenéis el mismo Espíritu, Él y tú. El Espíritu Santo es el Espíritu de Jesús. Te une a Él. Perteneces a Él, eres parte de Él, parte de su cuerpo (Ef. 5:31-32); tienes la mente de Cristo (1 Cor. 2:16); y el Espíritu de Cristo (Jn. 14:18; Gal. 4:6). Esta es verdadera unidad. No estás sola en el universo, sino que eres parte de otra Persona, el amante, dinámico, vital Señor Jesús y Él está orgulloso de presentarte delante del Padre y reconocerte como suya, su amada. Se deleita en ti.
Oh Espíritu de Dios, Espíritu de Jesús, penetra más hondo en mí, sanando las heridas del pasado, la sensación terrible de abandono y soledad, y llena aquel vacío con tu cariñosa personalidad que me une a Jesús. Que lo vea con su brazo sobre mi hombro, presentándome al Padre, diciendo: “Esta es mía”. Y déjame oír a Jesús dirigirse a mí y decirme: “Eres mía” (Is. 43:1). Amén.
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