¡ERES TÚ!

“Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Is. 6:1-3). “Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló de él” (Juan 12:41).

Isaías tuvo una visión del Señor sentado sobre un trono alto y sublime y sus faldas llenaban el templo y su gloria llenaba el mundo entero, y siglos más tarde el apóstol Juan, bajo la inspiración del Espíritu Santo, identificó esta Persona que Isaías vio como el mismo Señor Jesús. “Isaías dijo esto (que los judíos no iban a creer en Jesús; ver Is. 6:10) cuando vio su gloria y hablo de él (ver Is. 6:1-10).

Cuando el Espíritu Santo abre nuestros ojos para ver esta maravillosa verdad, cambia nuestra percepción. Siempre habíamos pensado en Dios sentado en gloria como una figura indefinida, una forma sin rostro, como un maniquí, inerte y tieso, sentado allá en su trono, impasible. Pero esta escena cobra otro sentido cuando vemos que el que está sentado en el trono es el mismo que caminó las calles polvorientas de Palestina, el que se paró para mirar los lirios del campo, el que calmó la tempestad,  el que predicó a las multitudes, el que recibió la merienda de un niño, el que tocó al leproso, el que cogió a los niños en sus brazos, el que levantó a Lázaro de los muertos, el que lavó los pies de los discípulos, el que dijo: “No se turbe vuestro corazón, en la casa de mi Padre muchas moradas hay”, el que llevó su cruz por las calles de Jerusalén… este mismo, el amado Maestro al que Juan conocía, que había convivido con él durante tres años; este mismo era.

Es el mismo que nosotras hemos conocido y amado. Éste es el que está sentado en el trono sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, este mismo Jesús, el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre. Cuando nos acercamos al trono de la gracia, no es al de un dios desconocido. El rostro de Dios es el de Jesús, nuestro querido y amado Salvador. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, a Jesús, alto y sublime, para adorar aquel a quien ama nuestra alma.

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