PEDRO Y JESUS CAMINAN SOBRE EL AGUA

Y viéndoles remar con gran fatiga… vino a ellos andando sobre el mar, y quería adelantárseles” (Marcos 6:48). “Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento” (Mateo 14:32). “Ellos entonces con gusto le recibieron en la barca, la cual llegó enseguida a la tierra adonde iban” (Juan 6:21).

Lectura: Mat. 14:27-33.

            Otra vez estamos con la misma historia, porque la necesitamos casi a diario, y cada vez nos sale una verdad diferente que necesitamos ahora.

Aquellas olas fueron precisamente el camino que Jesús utilizó para llegar hasta sus discípulos. Y quizá nuestros problemas sean también, muchas veces, el camino por el que Jesús viene a nuestro encuentro. Él nos llega por medio de aquello que amenaza con hundirnos. Las olas no pueden derribarlo ni engullirlo; bajo sus pies se convierten en camino. Lo que para nosotros es un motivo de duelo y llanto, para Él es un medio para acercarse a nosotros. Y no solo eso: también nos llama a caminar sobre esas mismas aguas para acercarnos a Él, como lo hizo Pedro. Pedro llegó a Jesús y lo condujo a la barca, pues Jesús había tenido la intención de seguir su trayecto, pero cambió de rumbo y subió al barco con Pedro.

Miramos el mar embravecido y pensamos que va a tragarnos, que las olas son demasiado grandes y el viento demasiado fuerte. Pero puede que aquello que tememos sea, en las manos de Dios, un medio de gracia que nos conduzca precisamente hacia Jesús. Así caminamos los dos sobre ese camino turbulento: Jesús, sostenido por el poder de Dios, y nosotros, empoderados por la obediencia a su llamada. Conocemos esa voz. La hemos oído antes. Sabemos quién nos llama. Y cuando Jesús dice: «Ven», juntamente con el mandato viene el poder, y respondemos como Él nos ha enseñado a responder: confiamos, salimos de la barca y vamos hacia Él.

Y cuando nuestras fuerzas fallan, cuando miramos las olas y empezamos a hundirnos, Él extiende inmediatamente su mano y nos agarra. Nos atrae hacia sí. Entonces caminamos juntos, Él y nosotros, atravesando las mismas aguas que momentos antes parecían destinadas a destruirnos, hasta llegar de nuevo a la barca. Entonces hay paz.

Y al final, llegamos a tierra. Todos sanos y salvos. Lo que sabemos es que estos mares turbulentos, por muy fuertes que sean sus olas, terminarán llevándonos a todos al lugar a donde debemos llegar.

Padre, estas circunstancias me superan, pero no me llevan al diablo para destruirme, ni a ningún fantasma de muerte, sino a Jesús para socorrerme y llevarme a mi destino. Gracias por estar pendiente de mí. Amén.

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