EL NOMBRE QUE LLEVAMOS[1]

“Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis, y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano… En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:10, 12).

Lectura: Fil. 2:5-11.

Si hay algo de lo que podemos sentirnos orgullosos, es de llevar el nombre de nuestro Redentor. Ese es nuestro verdadero motivo de gloria.

He sido amada. He sido escogida. He sido sellada con el Espíritu Santo. Y el nombre escrito sobre el sello de mi corazón es el nombre del Señor Jesús. Yo le pertenezco.

Y, por asombroso que parezca, también soy coheredera con Él. No por algo que yo haya hecho, sino sencillamente porque es verdad. Es una realidad: soy heredera junto con Cristo.

Cuando pienso en las otras cosas de las que podría presumir, en aquello que podría dar importancia a mi propio nombre, la verdad es que no hay mucho que decir. La mayoría de nosotros no encontramos ninguna razón especial para gloriarnos en nuestro propio nombre.

Por eso, resulta tan extraordinario que hayamos recibido un nombre de parte de Aquel cuyo nombre está por encima de todo nombre. Ante Él se doblará toda rodilla y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor. Es algo verdaderamente asombroso.

Su nombre es el más grande. Su nombre es el más poderoso. Es el nombre ante el cual tiemblan incluso los poderes de las tinieblas. Como respondió el espíritu maligno en el libro de Hechos: “Conozco a Jesús, y sé quién es Pablo, pero vosotros ¿quiénes sois?”.

Jesús: ese sí que es un nombre. Ese es el nombre en el que nos gloriamos.

Gracias, Señor, porque tenemos el privilegio de llevar tu nombre. Gracias porque te pertenecemos y porque hemos sido comprados con tu preciosa sangre. Que nuestro orgullo no proceda de nada de lo que hayamos hecho, absolutamente de nada, sino de quién eres Tú y de lo que Tú has hecho. Y, Señor, danos el valor y la oportunidad de salir y hablarle al mundo de tu nombre. En el nombre de Jesús. Amén.


[1] Escrito por Becky Cretney

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