Jerusalén, unas semanas después de Pentecostés. Dos vecinos se encuentran por la calle.
Leví: ¡Matías! Hace días que no te veo. ¿Dónde has estado?
Matías: Escuchando a los seguidores de Jesús.
Leví: ¿Jesús de Nazaret? ¿El que crucificaron?
Matías: Ese mismo.
Leví: Pensaba que aquel movimiento había muerto con Él.
Matías: Precisamente ahí está la cuestión. Dicen que no permaneció muerto. Dios lo resucitó, y cientos de personas lo han visto vivo.
Leví: ¿Cómo? ¡Eso es imposible!
Matías: De verdad. Hay cientos de testigos, y todos están dispuestos a perderlo todo: su dinero, su vida, todo.
Leví: Entonces, ¿qué le están pidiendo a la gente que haga?
Matías: Nada. Están anunciando lo que Dios ya ha hecho.
Leví: ¿Qué quieres decir?
Matías: Dicen que, mediante su muerte, Jesús venció al pecado. Mediante su resurrección, venció a la muerte. Y ahora Dios lo ha constituido Señor y Mesías.
Leví: ¿Señor?
Matías: Señor de todo.
Leví: Eso suena… peligroso. El señor es el César.
Matías: Precisamente por eso hay tanta gente indignada. Pedro se puso en pie en el templo y proclamó: «A este Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Mesías».
Leví: Entonces, ¿están pidiendo a todo el mundo que se una a su religión?
Matías: No. Están anunciando que la historia ha cambiado. El Rey ha ocupado su trono.
Leví: Entonces, ¿por qué llaman a la gente al arrepentimiento?
Matías: Porque, si Jesús es verdaderamente el Señor, entonces todo cambia. Arrepentirse no es convertirlo en Rey. Es abandonar toda otra lealtad porque Él ya es el Rey.
Leví: ¿Y si alguien se niega?
Matías: La realidad no cambia. Lo único que cambia es su respuesta ante ella. Yo simplemente creo lo que Dios ya ha hecho y vivo a la luz de esa realidad.
(Leví permanece en silencio, asimilando lo que acaba de escuchar.)
Matías: Esto no consiste en que nosotros hagamos algo para que sea verdad. Se trata de lo que Dios ha hecho por medio de Jesús, para el mundo entero. El Reino ya ha comenzado.
(Los dos se alejan caminando juntos.)
Reflexión:
Cuando leemos el libro de los Hechos, encontramos un mensaje muy parecido a este. Los apóstoles proclamaban que Jesús había muerto, que había resucitado, que había sido exaltado a la derecha de Dios y que ahora poseía toda autoridad. A quienes los escuchaban se les llamaba a arrepentirse y creer, no para convertir a Jesús en Señor, sino porque Él ya era el Señor.
Eso no significa que la respuesta personal de fe carezca de importancia. El Nuevo Testamento llama repetidamente a cada persona a arrepentirse, creer y seguir a Cristo. Pero el orden sí importa. El evangelio comienza con la acción de Dios, no con la nuestra. Primero viene el anuncio de lo que Dios ha realizado en Cristo, y solo después la llamada a responder.
En gran parte del cristianismo occidental moderno, el énfasis ha tendido a desplazarse hacia presentar el evangelio principalmente como una invitación para que cada persona tome una decisión. Y, aunque esa llamada a la fe personal es plenamente bíblica, el Nuevo Testamento la sitúa dentro de una proclamación mucho más amplia: Jesucristo ha sido crucificado, resucitado, exaltado y entronizado como Señor. Nuestra fe no crea esa realidad; nos despierta a ella y nos llama a vivir bajo el gobierno del Rey.
[1] Escrito por Becky Cretney
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