“Oye, oh Jehová, una causa justa; está atento a mi clamor. Escucha mi oración hecha de labios sin engaño. De tu presencia proceda mi vindicación; vean tus ojos la rectitud. Tú has probado mi corazón, me has visitado de noche; me has puesto a prueba, y nada inicuo hallaste” (Salmo 17:1-3).
Lectura: Salmo 17:1-7.
Lo que más me llamó la atención fue el enorme contraste entre el examen que David hace de sí mismo y el mío. David viene a decir: “Aunque examines mi corazón, aunque me visites de noche y me pongas a prueba, no hallarás maldad en mí; mi boca no ha pecado”. Ojalá yo pudiera decir eso de mí misma. Creo que sería mucho más feliz y viviría con mucha más paz. Yo sé que Dios ha examinado mi corazón. Me ha puesto a prueba. Y ha encontrado mucha maldad en él. Mi boca ha pecado. En mi corazón me he vengado muchas veces de personas que me han hecho daño. Hay varias personas que me vienen a la mente: personas que me han oprimido, me han menospreciado y se han aprovechado de mí. Al menos cinco personas en mi vida lo han hecho de forma constante. En mi corazón, en mi mente y con mis palabras he planeado el mal. Cuando otros han intentado involucrarme en conversaciones sobre ellas, he entrado en esas conversaciones. He permitido que mi boca se convirtiera en un instrumento de venganza. Así que no puedo decir con sinceridad que me haya apartado de los caminos de la violencia. Creo que David escribió este salmo mientras huía de Saúl. Tuvo repetidas oportunidades para vengarse, pero se negó. No quiso alzar su mano contra el ungido del Señor. Yo también he tenido oportunidades para vengarme de quienes me han oprimido, marginado, menospreciado y se han aprovechado de mí. Y las he aprovechado, no con una espada, sino con mi lengua. Por eso, mis pasos no siempre se han mantenido en los caminos de Dios, y mis pies han tropezado. Pero Dios es fiel.
Hay, al menos, una cosa que sí he hecho bien: he permitido que el Señor examine mi corazón. Él me ha mostrado todas estas cosas, y yo las he confesado. Le he pedido perdón. Y Él es misericordioso. Es bondadoso. Está dispuesto a perdonar por lo que Jesús hizo por mí. Por la fe acepto su perdón y acepto que mi corazón ha sido limpiado. Solo entonces puedo volver al comienzo del salmo y orar con confianza: “De tu presencia proceda mi vindicación; vean tus ojos la rectitud”. Porque, en el fondo, ese es el propósito de la prueba: aprender a dejar nuestra vindicación en manos de Dios, en lugar de buscarla por nosotros mismos. Como dijo mi amiga Rebeca Valbuena: «Si quieres que Dios te defienda, no te defiendas tú.» No empuñes la espada de tu propia boca para justificarte. No trames el mal en tu corazón. Aprende, más bien, a amar a tus enemigos y a entregarte por ellos.
Gracias, Señor, porque Tú me respondes. Gracias porque inclinas tu oído hacia mí y escuchas mi oración. Gracias porque me has perdonado. Te pido que sigas mostrándome las maravillas de tu gran amor, Tú que salvas con tu diestra a los que se refugian en ti de sus enemigos. En el nombre de Jesús. Amén.
[1] Escrito por Becky Cretney
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