“Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, vé hoy a trabajar en mi viña. Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue” (Mateo 21:28).
Lectura: Mateo 21:28-32.
El arrepentimiento es clave para el establecimiento de una relación correcta con Dios. Volvemos a esta historia para pensar en cómo se tenía que expresar el arrepentimiento.
El hombre que dijo que no a su padre tenía que haber pensado algo así: “Pero ¡cómo es posible que le dijese que no a mi padre! ¿Qué clase de hijo soy? Soy ingrato. Él me ha cuidado desde que nací, proveyendo todo para mí. Me ha dado de comer todos los días de mi vida, y yo ni puedo ayudarle en su trabajo. Siempre ha sido bueno para conmigo. Soy ingrato, maleducado, desobediente, contestón, insubordinado, descarado, impertinente, irrespetuoso, egoísta; siempre pienso en mí mismo y no en los demás. No soy la clase de persona que siempre está dispuesta a ayudar al otro, ni siquiera a mi propio padre. Y esta no es la primera vez que he tratado a mi padre con desprecio”.
Luego el hijo va a su padre y le confiesa qué clase de persona es y pide perdón por cómo lo ha hecho sufrir durante muchos años. Está muy contrito con lo que ha descubierto acerca de sí mismo. No puede creer que no lo haya visto antes. Está muy avergonzado de sí mismo. Aborrece la mala actitud que lo ha caracterizado toda la vida. El padre lo perdona de entrada y lo abraza. El hijo llora por cómo ha tratado a su padre. Se produce un cambio inmediato y continuado en su actitud, cambio que sigue efectuando cambios en otros aspectos de su comportamiento. Los cambios son visibles para todos lo que lo conocen.
Con el tiempo llega a ser un hijo cariñoso con su padre, siempre está ofreciendo ayudarlo en todos sus trabajos. Los dos llegan a ser amigos, e inseparables. El hijo aprecia cada vez más al padre, y el padre confía en él.
Así es como funciona el arrepentimiento en nosotros. Vemos el cuadro grande de cómo somos. Nos apena. Pedimos perdón y cambiamos. Obedecemos. Con el paso del tiempo llegamos a apreciar cada vez más al Padre, la relación se intensifica, y vamos siendo cambiados para ser más como nuestro Padre que está en los cielos.
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