“Oye, oh Jehová, una causa justa; está atento a mi clamor. Escucha mi oración hecha de labios sin engaño. De tu presencia proceda mi vindicación; vean tus ojos la rectitud. Tú has probado mi corazón, me has visitado de noche; me has puesto a prueba, y nada inicuo hallaste” (Salmo 17:1-3).
Lectura: Salmo 17:1-7.
El Salmo 17 es extraordinario. No creo que lo hubiera estudiado nunca de verdad, ni que lo hubiera aplicado a mi propia situación, pero encaja perfectamente con mi experiencia. Aquí vemos a un hombre clamando a Dios. Está atravesando una situación enormemente complicada. Intenta hacer lo que es correcto, pero está rodeado de personas que actúan con engaño, que buscan justificarse a sí mismas y convencer a los demás de que ellas tienen razón y que todos los demás están equivocados. Lo que David desea es que Dios le ayude. Quiere presentarse delante de Él con honestidad. Está convencido de que su causa es justa y espera que sea Dios quien lo vindique.
Se encuentra rodeado de personas cuyos motivos son egoístas, deshonestos, contrarios a la voluntad de Dios, injustos y crueles. Y, sin embargo, en medio de todo eso, Dios ha estado poniendo a prueba su corazón. Ha vivido una experiencia llena de oscuridad. Todo a su alrededor es confuso. No alcanza a comprender todo lo que está ocurriendo. Pero precisamente en medio de esa oscuridad, Dios ha examinado su corazón. En el versículo 3 dice: “Tú has probado mi corazón, me has visitado de noche; me has puesto a prueba”. Y después, hace una afirmación extraordinaria: “Nada inicuo hallaste; he resuelto que mi boca no haga transgresión”. Es decir: “No he dicho de otras personas cosas que no debía decir. Me he mantenido apartado de los caminos de los violentos”.
Después le pide a Dios que mantenga firmes sus pasos y que no permita que sus pies resbalen. Esa imagen de resbalar me recuerda inmediatamente lo que me ocurrió a mí. Me resbalé, me rompí el codo, me destrocé varios huesos y armé un buen desastre. Pero David está hablando de algo mucho más profundo que una caída física. Está pidiendo no tropezar moral ni espiritualmente. Entonces clama a Dios y dice: “Tú me oirás, oh Dios; inclina a mí tu oído, escucha mi palabra. Muestra tus maravillosas misericordias, tú que salvas a los que se refugian a tu diestra”.
Cuando hay personas que se levantan contra nosotros por todas partes, cuando cada uno está convencido de que tiene razón y de que el otro está equivocado, la vida se vuelve muy difícil. Son situaciones enormemente complejas. Por eso pedimos la ayuda de Dios. Le pedimos que intervenga. Porque cuando cada persona está convencida de que ella tiene razón y los demás no, solo Dios conoce realmente la verdad. Solo Él discierne lo que es cierto. Solo Él conoce las profundidades del corazón humano. Él sabe hasta qué punto estamos haciendo lo correcto y hasta qué punto nosotros mismos hemos sido engañados, creyendo que actuábamos bien cuando en realidad no era así. Eso nos supera por completo. Solo Dios puede llegar a la verdad que se encuentra en el fondo de todas las cosas. Por eso no debemos juzgar a los demás. Sencillamente, no sabemos lo suficiente. Quizá haya más justicia en ellos de la que imaginamos. Quizá haya más maldad en nosotros de la que alcanzamos a ver. Solo Dios puede llegar hasta el fondo de todo. Y lo hace de una manera preciosa. Con misericordia. Con bondad. Lo hace para nuestro bien, revelando a cada persona exactamente aquello que necesita conocer. Eso es maravilloso. Ese es nuestro refugio. Dios nos muestra lo que necesitamos saber acerca de nosotros mismos, a pesar de nuestra ceguera y de nuestra ignorancia. También es Él quien comprende a las demás personas. Conoce lo que hay en ellas. Conoce las razones profundas que hay detrás de todo lo que hacen. Él conoce todos los motivos ocultos. Para Él todo tiene sentido. Nada está escondido de su mirada. Él llega hasta el fondo de cada situación. Eso es extraordinario. Ahí es donde encontramos nuestro descanso.
Podemos orar así: “Padre querido, Tú conoces perfectamente mi corazón. También conoces el corazón de los demás. En tu misericordia estás obrando para bien en cada uno de nosotros. Estás sacando a la luz el mal que hay en nuestro interior, llevándonos al arrepentimiento y haciéndonos misericordiosos y buenos, como Tú eres misericordioso y bueno. Amén”.
Qué pensamiento tan extraordinario. Dios está obrando en medio de todas estas situaciones tan complicadas. Descansamos en su capacidad para hacerlo. Nos maravillamos y le alabamos por su capacidad para hacerlo.
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