“A todos los sedientos, venid a las aguas, y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche” (Isaías 55:1).
Lectura: Is. 55:1-3.
Imagínate entrando en una pequeña tienda de barrio. Alrededor hay cajas perfectamente ordenadas, cada una con una etiqueta. Una pone “Perdón Total”. Otra, “Salvación”. Otra, “Hacerte Perfecto”. Después, “Gloria”. “Cercanía a Dios”. “Acceso al Padre”. “La restauración de todas las cosas”. “Vida eterna”. “Plenitud de gozo”. Hay caja tras caja, y cada caja contiene algo que todo ser humano anhela. Son las cosas que todos deseamos tener en abundancia. Estás pensando en cuál escoger, pero se te dice que no es necesario. No es simplemente que una de esas cosas sea gratuita. Es que todas lo son. Todas.
Si acudimos al Señor con disposición para escuchar, con disposición para comer lo que es bueno en lugar de lo que nos hace daño, y con el deseo de deleitarnos en lo bueno en vez de anhelar lo malo, todos esos regalos son nuestros. No es que la salvación y el perdón de los pecados sean gratuitos, pero que la santificación dependa de nosotros y tengamos que esforzarnos muchísimo para conseguirla. Nada de eso depende de nosotros. Nuestra parte consiste simplemente en acercarnos a la mesa, alimentarnos de lo que es bueno, apartarnos de lo que es malo y deleitarnos en la abundancia de Dios.
Eso sí requiere una actitud dispuesta. Requiere escuchar con atención, y eso lleva tiempo. Requiere sumergirnos en la abundancia de Dios en lugar de llenarnos de otras cosas. Pasar tiempo leyendo la Biblia en vez de las redes sociales, por ejemplo. Pero la plenitud de todo lo que se nos ofrece es absolutamente asombrosa. Todas esas pequeñas cajas de la tienda son nuestras si queremos. Cada una de ellas nos pertenece. Y todas son completamente gratuitas. No hay nada que pagar. Y nuestro dinero y trabajo no valen aquí. Esto es gracia.
Padre celestial, te doy gracias por todo lo que nos has dado en Cristo. Gracias por la abundancia de gozo y de paz, por la cercanía que podemos disfrutar contigo y por el privilegio de tener acceso al Padre; de poder acercarnos a ti en oración, echar sobre ti todas nuestras preocupaciones y presentarte cada una de nuestras peticiones. Gracias porque todos nuestros pecados han sido limpiados. Gracias por la vida eterna y por la certeza de que este mundo, que gime y se consume en el sufrimiento, un día será restaurado. Señor, todo es gracia sobre gracia, sobre gracia, sobre más gracia.
Y, sin embargo, reconozco que mi corazón sigue deseando lo que es malo. Te ruego que me enseñes a desear lo que es bueno. Ayúdame a dedicar tiempo a escucharte a ti, en lugar de escuchar cosas que me apartan de ti. Guarda mi corazón. Ayúdame a acercarme a tu mesa con mansedumbre y humildad, con un corazón agradecido, sabiendo que yo no he hecho absolutamente nada para merecer estos regalos, ni podría hacerlo jamás. No tengo que abrirme camino hasta ellos. Tú lo has hecho todo. Y tú lo completarás todo, porque el que comenzó en mí la buena obra será fiel para llevarla a término. Gracias, Señor, por tu misericordia, que permanece para siempre. En el nombre de Jesús. Amén.
[1] Escrito por Becky Cretney
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