NUESTRO COMBUSTIBLE (1)

“A todos los sedientos, venid a las aguas, y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche” (Isaías 55:1).

Lectura: Is. 55:1-3

Ayer, cuando hice la lectura, pensé: Este es un pasaje que he leído cientos de veces. Creía que ya sabía perfectamente lo que significa. Mi comprensión era sencilla: Dios nos alimenta con su alimento celestial. Ese alimento es precioso, igual que la leche y la miel lo eran para los israelitas. Nos nutre, nos sacia y nos es dado gratuitamente. Pensaba que la aplicación del pasaje era que acudamos a Dios y encontremos en su Palabra una abundancia de bendiciones, un alimento delicioso para nuestra alma. Dios nos da a degustar los manjares de su Palabra. Estar en las Escrituras es un auténtico deleite. Dios nos está llamando a venir. A veces acudimos a Él y otras veces no, pero la invitación sigue abierta. Está abierta para el que todavía no cree, para que venga y descubra lo que realmente satisface. Y también está abierta para el creyente, para que venga cada día y reciba exactamente lo que necesita de Dios.

Es una verdad preciosa y una invitación maravillosa. Pero, cuando cerré la Biblia, el Señor me mostró de repente una aplicación completamente nueva de este pasaje tan querido. Me abrió los ojos para comprender que lo que recibimos de Dios es la energía misma que necesitamos para vivir. El alimento espiritual no es simplemente una comida aislada al comienzo del día. Es aquello de lo que vivimos durante todo el día, y todos los días, hasta que veamos al Señor. Es como el combustible que hace funcionar un motor. Imagina un coche que entra en una gasolinera para llenar el depósito con el mejor combustible posible. El coche no se queda contemplando el combustible. No piensa: Qué gasolina tan maravillosa. Está muy refinada. Es eficiente. Huele bien. Me encanta esta gasolina. Eso sería perder completamente el sentido. El propósito del combustible no es admirarlo. El propósito es que el coche pueda moverse.
Sin combustible, el coche no va a ninguna parte. Llena el depósito para poder recorrer el camino. Sale a la carretera y continúa su viaje porque el combustible que lleva dentro lo impulsa.

De la misma manera, nosotros no somos llamados simplemente a admirar lo que Dios nos da. Estamos llamados a vivir de ello. La Palabra de Dios es el combustible que nos permite seguir adelante en el camino de la vida. Llenamos nuestro depósito, no para maravillarnos del combustible, sino para avanzar. ¿De dónde viene la energía que nos mantiene en marcha? Viene de Dios. Acudimos a Él para recibir la fuerza que necesitamos para vivir. Necesitamos su poder. Necesitamos que Él nos capacite. Necesitamos ser impulsados por Dios mismo.

¿Qué era lo que movía a los hombres y mujeres de la Biblia que verdaderamente conocían al Señor? Era el Espíritu Santo. Necesitamos ser llenos del Espíritu Santo. Él es la energía con la que vive el cristiano.

Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.