“Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo, mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca. ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:18-20). “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él” (1 Cor. 3:17).
Lectura: 1 Corintios 6:1-20.
Hay dos clases de personas con tendencias homosexuales, los que las practican y los que no, y hay un mundo de diferencia entre ambos. Alguien puede reconocer que tiene esta tendencia, pero sabe que Dios no permite que cometa estos actos, y, como consecuencia, se controla, en cuerpo y mente, y vive una vida de santidad. Conocemos a personas así, y son creyentes dignos de admiración porque sufren muchísimo, pero no hacen lo que saben que está mal. Se mantienen ocupados en otras cosas legítimas para no tener tiempo para pensar en lo que no conviene. Ser tentado no es ningún pecado. El pecado es obedecer a la tentación.
Este hermano necesita nuestro apoyo, cariño y compasión. Si alguna vez has hablado con un creyente que sufre estas tentaciones, sabrás que sufre lo indecible. Todo su ser está metido en una agonía de confusión y perplejidad. Sufre una intensa soledad sabiendo que no puede tener amistades íntimas con los de su sexo ni con los del otro, porque no se sitúa correctamente con ninguno de los dos. No puede satisfacer sus deseos ilícitos y no tiene deseos normales. Hasta que no se resuelva su confusión interior, necesita nuestra comprensión, aceptación y ayuda en oración. No tenemos derecho a condenarlo o tratarlo como un bicho raro, sino que hemos de admirar su autodominio y brindarle nuestra amistad y amor en Cristo.
Luego está la persona que se dice creyente evangélico, pero que practica las relaciones homosexuales. Este caso es muy diferente. Aquí la Biblia nos da instrucciones muy claras. “Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios; no absolutamente con los fornicarios de este mundo… pues en tal caso os sería necesario salir del mundo. Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario; con el tal ni aun comáis… ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a este perverso de entre vosotros” (1 Cor. 5:9-13). Nos hemos de separar de esta persona para que vea que está fuera de la iglesia, el ámbito de la salvación, y que no está en comunión con el pueblo de Dios, para que se dé cuenta de su pecado y vuelva. No hay comunión posible con esta persona. “Si caminamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (Juan 1:7). Para el creyente que no camina en luz, no hay comunión con otros creyentes, ni hay perdón de pecado delante de Dios. Está jugando con el fuego eterno. “Los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apoc. 21:8). Hemos de avisarle con nuestra conducta hacia él antes de que sea demasiado tarde.
Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.