LOS HOMOSEXUALES

“Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad…Por lo cual Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos…Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío” (Romanos 1:18, 14, 26, 27).

Lectura: Romanos 1.

Todo el debate acerca de si una persona nace homosexual o se hace homosexual lo vamos a evitar y vamos a concentrarnos en lo que la Biblia dice claramente: que es que Dios prohíbe la práctica de la homosexualidad. Señala la aprobación social de la práctica homosexual como el cúmulo de la depravación del hombre, lo máximo en su degradación y alejamiento de Dios. En estos versículos de Romanos 1:18-27 tenemos el descenso del hombre, cada vez menos hombre, hasta perder la esencia de su humanidad que consiste en ser un varón o una mujer. Practicando la homosexualidad, abandona su verdadera humanidad.

Ahora nos hacemos la pregunta: ¿qué pasa si un creyente se encuentra con esta tendencia? Los hay que sí y conozco a unos cuantos. ¿Qué les decimos? ¿Y a qué tienen que atenerse? Aquí tenemos una respuesta radical: Lo que tienen que hacer es reconocer esta tendencia como lo que la Biblia llama “los deseos de la carne” y no satisfacerlos. “Porque si vivís conforme a la carne, habréis de morir; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13). “¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar; ni los inmorales, ni los idolatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales…heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9). “El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor” (1 Corintios 6:13). “Digo, pues, andad por el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gálatas 5:16).

El clamor de la carne es muy fuerte, como en el caso del alcohólico o del drogadicto o de la persona adicta a la pornografía o al juego, o de la persona controlada por la ira. La respuesta es que no. No lo voy a hacer, porque amo al Señor más que a mi carne, y a la carne le digo que no. Yo no soy mi carne. Mi carne se sujeta a mí en el poder del Espíritu Santo. El creyente que tiene estos deseos tiene que negar su gratificación y puede hacerlo, si lo desea, por el poder del Espíritu Santo. “Porque no nos ha dado Dios un Espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). El dominio propio es posible debido a la presencia del Espíritu Santo en él, pero costará mucho si nunca se ha disciplinado. Tendrá que desarrollar este “músculo” que tiene atrofiado. Necesitará ayuda.

Antes de rechazar esta solución al problema como demasiado dura, debemos recordar que ningún creyente debe satisfacer los deseos de su carne. Hay muchos a los que les gustaría irse a la cama con la novia o cometer adulterio con la vecina, pero no lo hacen por temor a Dios. El que tiene tendencias hacia la homosexualidad no es el único que no puede dar rienda suelta a sus apetitos carnales. Ningún creyente puede hacerlo. Si no obedecemos al Señor por amor, que lo hagamos por temor.  “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu Santo de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios el cual sois vosotros, santo es” (1Corintios 3:16,17).

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