“Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13).
Lectura: Romanos 8:1-13.
No hemos sido salvos del pecado y del infierno, justificados y limpiados, para vivir como queramos. El Espíritu Santo no permite que vivamos a nuestro antojo sin hacernos sentir una profunda convicción de pecado. El creyente que vive en la carne está en tensión. Romanos 7 relata la lucha y el fracaso del creyente que quiere dejar el pecado y no puede. Romanos 8 es la historia de la vida de victoria del creyente lleno del Espíritu Santo. Siempre tendremos la vieja naturaleza con sus deseos pecaminosos, pero en el Espíritu Santo tenemos el poder para no vivir según los dictados del viejo hombre.
El gato solo tiene una naturaleza: la vieja. Lo puedes bañar y ponerle un lazo de color rosa, pero persistirá en beber el agua del water. ¡Traerá animales muertos, medio comidos, a casa!
Nosotros, en cambio, tenemos dos naturalezas, la carnal y la espiritual. La vida nueva nos arrastra hacia las cosas de Dios. La mayoría de la gente empieza su nueva vida con los mismos hábitos que gobernaban la vieja. Se cuenta la historia de un joven atrapado en la pornografía. Cuando su padre lo supo quiso enseñarle una lección. Le mandó a vaciar el orinal y luego lo llenó de agua limpia y le dijo que bebiese. Cuando el joven no quiso, el padre le explicó que esto era lo que estaba haciendo, ensuciando la nueva vida con lo vil de la anterior.
Tenemos la elección de vivir en nuestra vieja carnalidad o hacerla morir para vivir una vida nueva. La menta carnal es ignorante de su herencia espiritual, es incrédulo, desobediente, no ama a otros de verdad, tiene una pobre vida de oración y no desea estudiar la Biblia. Tiene actitudes legalistas, pensamientos impuros, celos, culpa, preocupación, desánimo, un espíritu crítico, frustración, y anda sin propósito. Ver Gálatas 5:13-21 y 1 Corintios 3:1-3. Los pecados de la vieja naturaleza de la mujer incluyen especialmente la murmuración, el chismorreo, la queja, y el ir pinchando. Estas cosas destruyen el matrimonio y la felicidad.
La nueva vida en el Espíritu empieza con la crisis de Romanos 7, la impotencia para cambiar. Clama buscando limpieza. Ve su carnalidad y pide la plenitud del Espíritu Santo. Deja de empeñarse en mejorar, y lleva el pecado a la muerte. “Por el Espíritu hace morir las obras de la carne”. Las lleva a la cruz para que allí mueran. Renuncia a la carne y se rinde totalmente al Señor. Esta rendición completa es la clave a una nueva vida en el Espíritu.
Demasiados creyentes están viviendo la vida cristiana en sus propios esfuerzos. Si este es nuestro caso, clamemos al Señor: “No puedo, pero tú sí que puedes. Lléname y viviré para ti”.
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