LOS ENCARGADOS DE LA SEPARACIÓN

“El enemigo que la sembró es el diablo, la siega es el fin del siglo, y los segadores son los ángeles” (Mat 13:39).

Lectura: Mat. 13:36-43.

Una de las cosas que estoy notando en esta parábola es que el Señor enseña que, al final de los tiempos, Él enviará a los ángeles para que hagan la separación entre el trigo y la cizaña. No nos encomienda a nosotros esa tarea; no es una responsabilidad humana. No requiere de nuestra brillantez ni de nuestra percepción espiritual hacer esa distinción ahora. Es una responsabilidad que no nos corresponde. Si lo intentamos, nos metemos en un papel que no es el nuestro. No somos ángeles; somos seres humanos. Y el Señor Jesús no nos ha mandado a hacer la separación entre el trigo y la cizaña. Es mucho orgullo de nuestra parte, mucho atrevimiento y una falta de respeto al orden establecido por Dios que nos atribuyamos ese papel. No es el fin del mundo; no somos ángeles y el Señor no nos ha mandado hacer esa separación.

Y hay otra cosa: los ángeles recogerán la cizaña y la echarán al fuego, donde arderá. ¿Es eso lo que queremos para los miembros de nuestra iglesia que nos molestan? ¿Somos desalmados? ¿Realmente deseamos que esas personas ardan eternamente en el fuego de la ira de Dios? ¿Dónde está nuestra compasión? ¿Dónde está nuestra humildad? ¿Dónde está nuestra obediencia a la voluntad de Dios, que establece que son los ángeles quienes harán esa obra? ¿Dónde está nuestro deseo de que esas personas sean restauradas o lleguen a la conversión?

La realidad es que hay personas en la iglesia cuyo comportamiento no es el correcto. También hay otras cuya teología no es del todo precisa. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Desear que vayan al infierno? ¡Por favor! ¿Qué clase de actitud es esa? ¿No sería mucho mejor orar por esas personas y mostrarles la misma misericordia que nosotros deseamos recibir de parte de Dios? Porque con el juicio con que juzgamos, seremos juzgados. Si veo un comportamiento inadecuado en una persona de la iglesia y pienso: «Esta persona no es creyente. Quiero que vaya al infierno», ¿qué estoy mostrando acerca de mí mismo? ¿No sería mucho mejor decir: «Esta persona tiene un comportamiento que Dios no aprueba. Voy a orar por ella. Voy a amarla. Voy a tener compasión. Voy a hacer todo lo posible para ayudarla a cambiar, para que la verdad llegue a su corazón, para que comprenda la sana doctrina y entienda la vida cristiana»? Eso es lo que debo hacer. No voy a descalificarla, ni condenarla, ni tener la arrogancia de declarar que no es creyente. Lo que voy a hacer es ponerme delante de Dios y decirle:

«Señor, Padre amado, así como has tenido misericordia de mí, ten también misericordia de esta persona. Ayúdala. Revélale la verdad. Corrige su conducta. Padre, deseamos que se arrepienta y venga al conocimiento de la verdad». Si hago esto, estoy actuando conforme al corazón de Dios. Pero si la condeno, estoy actuando como el enemigo. Y eso no es lo que deseo. Lo que deseo es que todos se arrepientan, vengan al conocimiento de la verdad y sean salvos. “Dame un corazón que anhele la restauración del pecador, y no su condenación. Amén”.    

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