“Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18).
Lectura: Rom. 12:16-21.
Hay momentos muy felices en los que podemos presentar a un amigo nuestro a otro amigo: «Juan, me encanta poder presentarte a Pedro. Es muy amigo nuestro desde hace muchos años y me hace mucha ilusión que os conozcáis».
Es algo bonito cuando las personas a las que queremos se conocen, conectan y llegan también a apreciarse. ¿Pero qué ocurre cuando tenemos dos amigos que no pueden ni verse? Quizá uno haya ofendido al otro. Tal vez uno desacredite continuamente al otro, cuestione sus intenciones o incluso ponga en duda su fe. Puede que Juan piense que Pedro no es verdaderamente creyente. Quizá Pedro ofendiera a Juan y Juan haya decidido que alguien capaz de hacer algo así nunca pudo haber conocido realmente al Señor. O quizá Pedro no acepte a Juan porque no comparte su doctrina, porque no le gusta su manera de ser o porque interpreta de otra forma algún pasaje bíblico. Entonces, ¿dónde quedamos nosotros, que amamos a los dos?
Nosotros podemos ser perfectamente capaces de mantener una relación con ambos. Podemos reconocer que ninguno es perfecto, que ambos pueden haberse equivocado y que no nos corresponde dictar sentencia sobre el corazón de ninguno. Sin embargo, a veces ellos no solo se niegan a relacionarse entre sí, sino que tampoco quieren que nosotros tengamos relación con el otro. Ahí comienza el verdadero problema. Si seguimos relacionándonos con Pedro, Juan se siente ofendido y piensa que estamos justificando lo que Pedro hizo. Pero si seguimos hablando con Juan, Pedro interpreta que nos hemos puesto en su contra. Intentamos no tomar partido y terminamos quedando mal con los dos. ¿Qué debemos hacer en una situación así?
La respuesta no puede ser permitir que otras personas decidan por nosotros a quién podemos amar. Jesús nunca nos llamó a formar bandos, sino a ser pacificadores. Eso no significa ignorar el pecado, negar el daño causado o fingir que todo esté bien. Tampoco significa que siempre sea posible restaurar una relación rota. La reconciliación requiere arrepentimiento, verdad, perdón y, en muchas ocasiones, tiempo.
Pero sí significa que podemos negarnos a alimentar la enemistad. Podemos escuchar sin participar en la descalificación. Podemos reconocer el dolor de uno sin condenar al otro. Podemos establecer límites sin convertirnos en jueces. Y podemos amar a ambos sin asumir que amar a uno equivale a traicionar al otro.
[1] Becky Cretney y Margarita juntas.
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