“El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo, la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo” (Mat. 13:37, 38).
Lectura: Mat. 13:36-43.
Jesús advierte que muchos le dirán: «Señor, Señor», pero Él responderá: «Jamás os conocí». La Escritura también nos dice que, si declaramos con nuestra boca que Jesús es el Señor, seremos salvos. Sin embargo, la declaración de nuestra boca debe ir acompañada por el verdadero señorío de Cristo. El señorío de Jesús produce un patrón reconocible en la vida de una persona, y nunca tiene como propósito destruir el trigo. Nunca oprime ni exige. Nunca esclaviza. Cuando nos falta gracia, cuando juzgamos a los demás o esperamos demasiado de ellos, algo no nos va bien. Esas actitudes no reflejan el señorío de Jesús. Jesús nos dice que podemos reconocer a las personas por sus frutos, y entiendo que esos frutos incluyen la evidencia de una vida transformada.
Cuanto más tiempo pasa y más medito en ello, más pienso que algunas de las evidencias más claras de una vida salvada son la gracia y la humildad. Allí donde Jesús es el Señor, la gracia debe abundar. La humildad debe crecer. Debe crecer el deseo de alimentar y fortalecer, en vez de destruir. Esto nos deja con dos preguntas fundamentales: ¿Soy trigo o estoy actuando como cizaña? ¿quién gobierna esta planta?
Durante un tiempo, el trigo y la cizaña pueden parecer casi idénticos. Quizá solo cuando examinamos bajo qué autoridad vive una persona, junto con el fruto que esa autoridad produce, comienza a verse la diferencia. Sin embargo, incluso cuando empezamos a distinguir entre el trigo y la cizaña, la parábola nos da otra advertencia. No es nuestra responsabilidad arrancar la cizaña. Se la deja crecer junto al trigo hasta que Dios mismo separe la una del otro. Necesitamos sabiduría para reconocer lo que puede dañar o envenenar el trigo y para saber cómo protegerlo. Pero también debemos comprender que no somos nosotros quienes finalmente separamos el trigo de la cizaña. Esa tarea le corresponde a Dios.
Señor, nunca quiero ser cizaña. Nunca quiero ahogar ni envenenar la vida espiritual de nadie, ni convertirme en una piedra de tropiezo. Padre celestial, impide que llegue a ser esa persona. Señor, quiero inclinarme siempre hacia la gracia. Haz de mí una persona llena de una gracia inmensa. Arranca de mí todo resto de cizaña: el cotilleo, la calumnia, el egoísmo y ese deseo constante de volver a ponerme a mí misma al mando en vez de someterme a Ti. Transforma por completo mi corazón. Dame sabiduría para reconocer qué es trigo y qué es cizaña. Cuando vea algo que pueda dañar al trigo, muéstrame cómo protegerlo. Al mismo tiempo, ayúdame a recordar que no me corresponde a mí extirpar la cizaña. Tú permitiste que siguiera creciendo hasta la cosecha, y eres Tú quien finalmente la separará del trigo. Dame la sabiduría y la humildad necesarias para dejar ese juicio en tus manos. En el nombre de Jesús, amén.
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