EL TRIGO Y LA CIZAÑA[1] (1)

“El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo, la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo” (Mat.13:37, 38).

Lectura: Mat. 13:36-43.

En la parábola del trigo y la cizaña, Jesús nos muestra que dentro de las iglesias habrá personas que han sido plantadas allí por el enemigo. Pueden ser casi indistinguibles del trigo. Es una idea inquietante, pero antes de mirar a nuestro alrededor y preguntarnos quién puede ser cizaña, hay una pregunta mucho más importante que debemos hacernos: ¿Soy yo trigo o cizaña? Es muy fácil dar por sentadas ciertas cosas acerca de nosotros mismos. Tendemos a pensar que nosotros somos el trigo y que la cizaña siempre tiene que ser otra persona. Sin embargo, creo que debemos empezar preguntándonos si nosotros mismos estamos actuando como cizaña.

Las parábolas no son comparaciones perfectas en todos sus detalles, y puede haber momentos en los que, por nuestra manera de comportarnos, pasemos de actuar como trigo a actuar como cizaña. Debemos preguntarnos con sinceridad si estamos alimentando la vida espiritual de los demás o si la estamos ahogando. Cuando pienso en quienes escucharon esta parábola por primera vez, imagino que los fariseos se habrían horrorizado al descubrir que ellos eran la cizaña. Creían que estaban sirviendo a Dios, defendiendo su honor y actuando en su nombre. Esa es una de las tácticas más peligrosas del enemigo. Nos ciega a la realidad de que estamos actuando contra Dios. Nos engaña a pensar que estamos actuando en Su nombre.

La cizaña es una planta prácticamente indistinguible del trigo mientras está creciendo. Y es venenosa. No se limita a no producir nada útil, sino que puede contaminar la cosecha y causar daño. Esto hace que la imagen sea aún más seria. La cizaña dentro de la iglesia no es simplemente alguien que no aporta nada a la vida espiritual de los demás. Puede envenenar las relaciones, dañar la fe y perjudicar a quienes crecen a su alrededor.

El relato de Mateo dice: «Cuando brotó el trigo y se formaron las espigas, apareció también la mala hierba» (Mateo 13:26, NVI). Fue cuando aparecieron las espigas cuando la diferencia entre el trigo y la cizaña comenzó a hacerse visible. Si estamos bajo la autoridad de Dios, somos trigo. Si estamos bajo nuestra propia autoridad, la del mundo o la del maligno, nos convertimos en cizaña y podemos ser utilizados para hacer daño. Si cotilleo, siembro discordia, persigo mis propios intereses o vivo de una manera dentro de la iglesia y de otra fuera de ella, estoy actuando como cizaña. No se trata simplemente de defectos de carácter. Esas actitudes revelan que, en ese momento, estoy intentando volver a ponerme a mí misma al mando en vez de someterme al señorío de Jesús. Ya no estoy alimentando la vida espiritual que me rodea, sino que corro el peligro de ahogarla y envenenarla.

Una vez que nos hemos examinado a nosotros mismos, entonces también debemos reconocer que habrá cizaña creciendo entre nosotros. Eso es precisamente lo que Jesús nos enseña en la parábola.

[1] Escrito por Becky Cretney.

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