“Y el que fue sembrado entre pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo, pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o persecución por causa de la palabra, luego tropieza” (Mateo 13:21).
Lectura: Mateo 13:18-23.
Nos llama la atención la frase “aflicción por causa de la palabra”. Esta ocurre cuando somos fieles a la Palabra y esta nos acarrea grandes problemas. Podrían ser problemas con la familia, el gobierno, con unos que no son creyentes, con otros creyentes, o incluso, ¡con la misma iglesia. ¡Aun a veces otros creyentes fieles no ven las cosas como las vemos nosotros! Cuando nuestra fidelidad a la Palabra tal como la comprendemos nos complica la vida, tenemos que ser consecuentes con lo que creemos que Dios nos ha enseñado por medio de las Escrituras. En tal caso nos ponemos de acuerdo en mantener nuestros diferentes puntos de vista con mutuo respeto.
“Y si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:17). Somos coherederos con Cristo, pero esto no es sin coste. Para serlo hay una condición: hay que padecer juntamente con Él en las cosas que a Él le causan sufrimiento. Estas cosas son las que afectan a la iglesia, si es la persecución, o cosas internas de la iglesia. Nuestra identificación con Él es completa, en su muerte, su resurrección y con todo lo que afecta a su cuerpo, la iglesia.
“Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia” (Colosenses 1:24). Pablo sufría por la iglesia. Llamaba estos sufrimientos “las aflicciones de Cristo por su cuerpo que es la iglesia de la cual Cristo es la cabeza”. Tal es la conexión vital que sostiene con ella. Cuando un creyente es perseguido por su fe, Cristo es perseguido. Pablo sabe esto muy bien. Cuando él mismo perseguía a la iglesia, el Señor lo paró y le preguntó: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9:4).
Es duro sufrir por la iglesia, porque la amamos, pero también es motivo de gozo, como señala Pablo, porque sufrimos con Cristo, en íntima comunión con Él, apoyando al que sostiene el universo, como una hormiga puede ayudar a una grúa a levantar un gran peso, pero al Señor le gusta nuestra comunión, porque nos quiere. ¿Cómo no vamos a amar a un Dios que sufre por los suyos?
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