La parábola del sembrador suele predicarse como un mensaje dirigido a quienes todavía no conocen a Cristo. Hace poco mi pastor la predicó desde esa perspectiva, pero, al terminar, se dirigió a los creyentes y dijo: «No penséis que os libráis de esta. Esta parábola también es para vosotros». Aquello me hizo reflexionar, porque nosotros, como creyentes, también podemos responder de maneras muy distintas a la Palabra de Dios.
Por ejemplo, durante muchos años leía en la Biblia que estaba completamente perdonada, que era profundamente amada y que era un deleite para el Señor. Sin embargo, esa verdad muchas veces caía junto al camino y enseguida era arrebatada. El maligno no tenía ningún interés en que creyera lo que Dios decía de mí. Hermana, puede ser que tú también luches con esto. No nos sentimos dignas y, por eso, permitimos que el enemigo nos robe ese mensaje antes de que pueda echar raíces. Sé que yo misma todavía caigo en esa categoría en ocasiones. Pensamos que tenemos que ganarnos la salvación o la aceptación de Dios por nuestros propios méritos y, como nos sentimos indignas, llegamos a la conclusión de que no podemos ser un deleite para Él. Sin embargo, creo que la Biblia enseña con toda claridad justamente lo contrario. Es solo un ejemplo. No pretendo señalar a nadie en particular. De hecho, creo que todas nos encontramos en cada una de estas categorías con bastante frecuencia.
El segundo tipo de terreno es el suelo poco profundo. La semilla brota rápidamente, pero como no tiene profundidad, no puede mantenerse viva. El problema no está en la semilla, sino en la calidad del terreno. Las raíces nunca llegan a profundizar. Cuando llega la persecución o la dificultad, la planta se marchita. Necesitamos raíces profundas. Necesitamos permitir que la Palabra de Dios crezca en nuestro corazón para que, cuando lleguen las pruebas, no nos derrumbemos. Creo que muchos cristianos tienen un crecimiento espiritual limitado porque dejan que los problemas que están viviendo acaben dominando sus vidas. El sufrimiento llega a ocupar un lugar más importante que seguir al Señor y profundizar en su relación con Él. En el caso de un creyente, quizá la planta no se haya marchitado por completo; quizá apenas siga viva. Pero, desde luego, no está dando el fruto que debería.
Después está el terreno lleno de espinos. En cierto sentido, casi parece demasiado fértil, porque hay demasiadas plantas compitiendo por el mismo espacio. Creo que este es el terreno en el que más veces me encuentro. La Palabra cae en mi corazón, pero termina siendo ahogada por mis preocupaciones. No tiene espacio para crecer porque mi mente ya está ocupada con otras cosas. Estoy pensando en mi lista de tareas, en todo lo que tengo que hacer hoy y en todas las preocupaciones que reclaman mi atención. ¿Y cuáles son esos espinos? Estamos desesperados por estar cómodos. Estamos desesperados por ser felices, por prosperar. Pero esos deseos compiten con el llamamiento de Cristo. Seguir al Señor no siempre es cómodo, tampoco estamos llamados a buscar la prosperidad únicamente en términos humanos. Estamos llamados a buscar las riquezas espirituales.
Y, finalmente, está la buena tierra. Creo que los cristianos también debemos leer esta parábola como un espejo que revela el estado de nuestro corazón. Necesitamos preguntarnos qué clase de terreno somos hoy. ¿Cómo vamos a recibir la Palabra de Dios? ¿Permitiremos que nos la arrebaten? ¿Permitiremos que quede ahogada por otras preocupaciones? ¿O permitiremos que eche raíces profundas y dé fruto?
Señor, mientras pronuncio estas palabras, mi lista de tareas para hoy ya está empezando a formarse en mi mente. Ya estoy pensando en todo lo que hay que hacer en casa. Te pido que me ayudes a mantener el equilibrio. Ayúdame a tener las prioridades correctas, para que tu Palabra nunca quede desplazada por las exigencias de la vida cotidiana. Amén
[1] Escrito por Becky Cretney.
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