EL SEMBRADOR

“Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino” (Mateo 13:19).

Lectura. Mateo 13:18-23.

Esta es la pregunta que surge de la lectura de este pasaje: ¿La Palabra que oímos siempre da fruto en nuestra vida si somos cristianos, o unas veces da fruto y otras veces no? Parece que hay tres cosas necesarias para que la Palabra dé fruto. En primer lugar, tienes que entenderla. En segundo lugar, tienes que soportar la persecución a causa de la Palabra. Y, en tercer lugar, tienes que confiar en Dios en medio de tus problemas. Si no entiendes la Palabra, no produce fruto. Si te echas atrás por la persecución, o por lo que dice la gente, o porque el precio que tienes que pagar para seguir al Señor es muy alto, o por los problemas que se te presentan por causa de la palabra, entonces lo sembrado no da fruto. Y, si te dejas dominar por las preocupaciones, o la búsqueda de dinero, o las cosas de este mundo, tampoco produce fruto.

Puede ser que la Palabra dé fruto en mí un día y al día siguiente, no, porque un día estoy confiando en el Señor en medio de mis problemas, y al siguiente no. O quizá un día dé fruto y al siguiente, no, porque el precio de seguir al Señor me resulta abrumador. No estoy dispuesta a pagarlo y cedo ante todas las presiones. O quizá un día leo la Palabra y, sencillamente, no la entiendo, así que ese día no me sirve de nada.

La pregunta es: ¿El fruto es algo continuo, o depende de cómo estoy el día en que recibo la Palabra? Creo que es algo cuya respuesta realmente necesitamos conocer, porque podría pensar: «Ah, sí, yo soy buena tierra simplemente porque soy creyente, así que doy muchísimo fruto». Pero esa no es la impresión que da la parábola, sino que unas veces da fruto y otras veces no. Por regla general, estoy dando fruto, pero hay días en los que no, porque no tengo la disposición adecuada, porque mi cerebro no funciona bien, o porque estoy distraída. Así que todos estos son factores que debemos tener en cuenta, y acerca de los cuales debemos buscar al Señor para tener la disposición adecuada para que germine la Palabra en mí y glorifique a Dios con una cosecha abundante.

Querido Padre, te pido que hoy la Palabra dé fruto en mí, porque estoy confiando en ti en esta situación difícil en la que me encuentro, porque te estoy escuchando, porque estoy haciendo lo que debo y porque estoy dispuesta a sufrir las consecuencias de ser cristiana. Y te pedimos que la Palabra sea una enorme bendición para nosotros y que nos traiga gozo, como en el caso de la persona representada por el terreno pedregoso. ¡Por lo menos podemos llegar hasta ahí y recibir la Palabra con alegría! Y, querido Padre, te pedimos que tengamos tanto la alegría, como el fruto. En el nombre de Jesús. Amén.

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