“Mi palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía” (Isa. 55:11).
Lectura: Col. 1:16, 17.
Puedo pensar en tres aspectos de la Palabra de Dios que son a la vez distintos e indivisibles, porque están entrelazados y vinculados de forma intrínseca. Puede que haya más, pero yo puedo pensar en tres. El primero es la Palabra de Dios cuando Él habla. Cuando tú y yo hablamos, podemos anunciar que vamos a hacer una taza de café. Esa es nuestra palabra, pero luego tenemos que levantarnos y hacerlo. Pero con Dios, cuando Él habla, las cosas suceden. Su palabra y sus acciones parecen estar unidas.
Lo vemos desde el principio en el Génesis, cuando Dios creó el mundo mediante Su Palabra. Y es la Palabra de Dios la que sigue sosteniendo el mundo. Su poder creador está en Su Palabra. Pero Su Palabra también contiene Sus instrucciones y Sus mandamientos. Él ordena a las aves que vuelen, y da órdenes a los reyes sobre lo que deben hacer. Esa es la palabra de Dios. Cuando Él habla, las cosas suceden, y mediante Su Palabra sostiene todas las cosas.
El segundo aspecto es la Palabra de Dios que podemos coger en nuestras manos: la Biblia. Esta es una Palabra que siempre da fruto porque fue inspirada por Dios, por su Espíritu. También es inseparable de la acción ya que siempre consigue aquello para lo que fue enviada. Tú y yo hemos sembrado muchas palabras que no han dado fruto, o al menos no el fruto que queríamos que dieran. Hemos hablado a otros del Señor y no nos han escuchado. Pero con la Palabra de Dios, es Dios quien determina el resultado, no nosotros. Su Palabra es ley. Nos muestra el camino. Es el plan de salvación. Es profética. Es alimento para nuestras almas y refrigerio para nuestros corazones. Su Palabra es lo que espero que dé fruto en mi vida y en la vida de mis hijos. Transforma, salva, protege, bendice, trae arrepentimiento, provee, da luz, instruye y muestra el camino. Su Palabra ha sido sembrada muchas veces en los corazones de mis hijos, y mi oración por ellos es que nunca se aparten del camino, sino que permanezcan fieles al Señor. Llegamos a amar la Palabra porque nos muestra a Dios. A mí me encanta especialmente Isaías, de donde procede el pasaje sobre el que he estado reflexionando. El propio Isaías tiene e un don de palabra extraordinario.
Y el tercer aspecto de la Palabra de Dios es Jesús. Él es la Palabra. El Verbo quien fue hecho hombre y habitó entre nosotros. Él es quien sostiene nuestras vidas. Él es lo que comemos. Nuestro maná diario. Él es el cumplimiento de todas las profecías de la Escritura. Él es a quien amamos. Él fue obediente a la ley cuando nosotros no pudimos serlo. La cumplió en nuestro lugar. Obedeció en todo al Padre. En Él fue cumplida toda la ley y los profetas. A través de Él todo fue hecho y es mantenido. Y en Cristo volvemos a empezar, a la danza indivisible entre la Palabra del Padre, las Escrituras inspiradas por el Espíritu y el cumplimiento de la Palabra en Cristo. Estos tres aspectos de la Palabra de Dios son inseparables entre sí, y sin embargo completamente distintos.
Padre, te doy gracias por Tu Palabra. Te doy gracias por Tu poder creador cuando hablas. Te doy gracias porque, a diferencia de nosotros, Tú no fallas en Tu palabra.
Te doy gracias porque Tu creación y Tu sustento de la vida son magníficos. Te doy gracias por Tu Palabra escrita, que es tan preciosa para nosotros. Y, sobre todo, te doy gracias por Jesús. Le adoro, y hoy le doy gloria y honor porque cumplió cada aspecto de Tu ley. Cumplió todo lo que yo no podía hacer. Tomó mi culpa y mi vergüenza, y me trajo salvación. Tu Palabra infunde arrepentimiento en mi corazón. Señor, te doy gracias por la manera en que Jesús cumplió la profecía. Y te doy gracias porque ahora está sentado a la derecha del Padre, y reina. Bendigo Su nombre. Le bendigo porque es Dios Todopoderoso.
[1] Escrito por Becky Cretney
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