«Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna» (Zacarías 9:9).
«Decid a la hija de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre una asna, sobre un pollino, hijo de animal de carga» (Mateo 21:5).
Lectura: Mateo 21:1-5.
Nosotros, los cristianos, somos seguidores del Hombre más humilde que jamás ha pisado la tierra de este planeta. Su tránsito por las calles de Jerusalén cabalgando sobre un burrito aquel día en que se presentó a la Ciudad de David como su esperado Mesías sería comparable al pasaje del Rey de España por las calles de Madrid en el día de su inauguración sentado en un Seat Panda, o montado en bicicleta, para recibir el aplauso de las masas. El mundo no tiene paralelo con el Señor Jesús.
El rey Nabucodonosor había tomado Jerusalén siglos antes montado en un carro de combate arrastrado por los mejores sementales de Oriente Medio con un séquito de miles de hombres valientes con espadas desenvainadas, alzadas al sol en triunfo, al son de trompetas de victoria con toda la pompa de la cual el mundo antiguo era capaz.
Cuando Roma conquistó la ciudad de Sion, solo podemos imaginar la procesión de victoria que habría acompañado su entrada triunfal.
Aquí tenemos al Rey de reyes y Señor de señores, servido por innumerables ángeles y arcángeles, la gloria del cielo y dueño de universos y galaxias, que podría haber entrado en la ciudad rebelde acompañado por millares de millares de huestes celestiales, en el día de su entrada triunfal en la ciudad de David, como legítimo pretendiente del trono de su antepasado, y legítimo heredero del trono del cielo, montado sobre un animal de carga y seguido por una docena de pobres ignorantes, totalmente consciente de quién era (Juan 13:3), sin ninguna ilusión acerca de los que lo recibían, llorando por la dureza del corazón humano (Mateo 23:37).
La pompa y ceremonia de este mundo no significaba nada para Él. Su reino no es de este mundo. Había renunciado a la adoración de ángeles, seres inmensamente superiores a los mortales de esta tierra, cuando vino a este mundo, y nada de la adulación de los volubles ciudadanos de Jerusalén podía tentarlo a buscar la pobre gloria pasajera de Palestina. Sus ojos estaban puestos en otro Trono, en otro Rostro; estaba preparado para pasar el suplicio que le esperaba, para alcanzar una gloria que este mundo no podía proporcionarle, y alcanzarlo lo conseguiría, pero no para Sí mismo, sino para colocarla a los pies de su Padre y su Dios. Tal era el talante de la perfección de la humildad que cabalgaba sobre un burrito aquel día.
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